MISSÕES DE PAZ: A DIPLOMACIA BRASILEIRA NOS CONFLITOS INTERNACIONAIS

Coordenação de Raul Mendes Silva

LA PAZ DE LAS FRONTERAS COLONIALES:
ALEXANDRE DE GUSMÃO, EL GRAN OBRERO, ARTÍFICE DEL TRATADO DE MADRID

Embajador Synesio Sampaio Goes

Madrid:  ¿Un  acuerdo favorable a Portugal ?

     Recordemos los trazos básicos de la conquista del territorio brasileño. El siglo XVI, el primero de la colonización portuguesa en América, dedicado básicamente a la ocupación de puntos aislados en el litoral oriental, vio surgir las ocupaciones pioneras. El siglo XVII fue el período de las grandes bandeiras paulistas, excursiones éstas que se aventuraban por el Sur y el Centro-Oeste; fue también la época de la fundación de Belém, de las tropas de rescate y de las primeras misiones de religiosos portugueses en el río Amazonas y sus afluentes; en 1680, el Gobernador de Rio de Janeiro fundó la Colonia de Sacramento, en un esfuerzo de asegurar la frontera natural del Plata. La primera mitad del próximo siglo, fue la época de las “minas generales”, de los centros mineros de Goiás y Mato Grosso y de las expediciones o monções de Cuiabá, que conectaban Cuiabá a São Paulo; de la consolidación de la presencia portuguesa en varios ríos del Amazonas y de las monções del Norte, la navegación entre Vila Bela y Belém; así como las luchas por la pose de la Colonia y  los esfuerzos de ocupar el territorio que hoy se divide  entre el Estado de Rio Grande do Sul y el Uruguay.

     A pesar que la Independencia sólo llegaría 72 años más tarde, la exacta mitad del siglo XVIII – 1750 -, es una fecha adecuada para dividir la Historia del Brasil como indica Charles Boxer, que justamente ese mismo año terminó su clásico The Golden Age of Brazil.  Diversas son las razones que él presenta para colocar en destaque 1750: afectada por el auge, comienza a disminuir la producción aurífera del Brasil; muere D. João V, cuyo reinado de 44 años fue el más largo de la Historia de Portugal y sube al trono D. José I inaugurando, junto con su Primero Ministro, el futuro Marqués de Pombal, la era del despotismo esclarecido portugués; completando, con la extinción de las bandeiras o excursiones paulistas, un ciclo sumamente importante de la ocupación del territorio brasileño; y, lo que interesa más en este caso, las potencias coloniales firman el Tratado de Madrid.

     Fue curioso el destino de dicho Tratado. Firmado, ratificado y promulgado en 1750, fue anulado ya en 1761 por el Tratado de El Pardo.  Retomado casi en su integridad, con la excepción de la frontera Sur, por el Tratado de San Ildefonso de 1777, fue anulado nuevamente en 1801 cuando se desencadenó una de las muchas guerras peninsulares. Al reestablecerse la paz ese mismo año por el Tratado de Badajoz, no se revalidó ningún acuerdo anterior. Consecuentemente, duró muy poco por tratarse de un tratado de límites, que es un tipo de acuerdo que tiene el propósito de ofrecer soluciones permanentes.  Sin embargo, a pesar de esa corta vigencia formal, este es un texto de fundamental importancia en la Historia del Brasil para fijar los contornos de nuestro territorio.

     Realmente, además del Acre, el triángulo formado por los ríos Japurá, Solimões y la línea del Tabatinga-foz, o desembocadura del Apaporis, y algunos pequeños aciertos de fronteras — capítulos posteriores de la formación territorial del Brasil — fue el Tratado de Madrid que legalizó la pose de Rio Grande do Sul, de Mato Grosso y de el Amazonas, regiones situadas al occidente de la línea de Tardecillas. Además de dar un título jurídico a esa enorme área ocupada por los portugueses, el tratado canjeó la Colonia de Sacramento por la región de los Siete Pueblos, asentamiento rural jesuítico situado al occidente del actual Rio Grande do Sul. Como dividió un continente, hecho sin precedente y sin consecuente en el Derecho Internacional, al fijar los límites brasileños también estaba determinando los lindes terrestres básicos de todos los diez vecinos del Brasil.

     Los historiadores de nacionalidades neutras encuentran en el Tratado de Madrid las cualidades de equilibrio y moderación que caracterizan a los buenos acuerdos. El inglés Robert Southey lo expresó de la siguiente forma: “Hubiera sido imposible tener semejante convenio sin una disposición amistosa de ambas partes … El lenguaje y tenor de este memorable tratado dan testimonio de la sinceridad y buenas intenciones de ambas cortes. En realidad, parece que los dos soberanos contratantes se adelantaron a su siglo” (1). El alemán Heinrich Handelmann usa el mismo tono lisonjero: "Este tratado de límites fue, en su conjunto, razonable y ventajoso para las partes contratantes." (2)

     En el Brasil, la tendencia también es laudatoria, y la opinión del Barón de Rio Branco: "O estudo do Tratado de 1750 deixa a mais viva e grata impressão da boa fé, lealdade e grandeza de vistas que inspiraram esse ajuste amigável de antigas e mesquinhas querelas, consultando-se unicamente os princípios superiores da razão e da justiça e as conveniências da paz e da civilização da América " (3). Capistrano de Abreu es la voz divergente, ya que considera injusto el acuerdo debido a los crueles éxodos que provocó (los Siete Pueblos).

     En forma general, los especialistas hispanoamericanos ven con antipatía el Tratado de Madrid — llamado a veces peyorativamente de “tratado de canje” — porque lo consideran perjudicial a las colonias americanas de España y, consecuentemente, a los países sudamericanos en que las mismas se transformaron. El historiador argentino Carlos Correa Luna, por ejemplo, caracteriza Madrid como el tratado que “legitimó una magna usurpación territorial” (4). La reina española, Doña María Bárbara de Bragança, que fue infanta portuguesa, y el Primero Ministro, D. José de Carbajal y Lancaster, el principal negociador por el Gobierno español, también recibieron críticas que llaman la atención por asemejarse a una acusación de traición nacional.

     En realidad, al mirar un mapa de Brasil con la línea recta de Tordesillas y la guadaña del Tratado de Madrid, se tiene la impresión que España cedió mucho: al fin y al cabo, cerca de dos terceras partes del territorio nacional están formadas por tierras extra Tordesillas. La explicación corriente del Acuerdo es que hubo una compensación global: en el Oriente fue España la que legalizó la pose de regiones que serían portuguesas por la división de 1494, como las islas Filipinas y Molucas.  Por ende, se trató de un acierto mundial de cuentas. El argumento, de facto, quedó consignado en el propio texto del Tratado cuando, en su preámbulo, Portugal alega que España violó la línea de Tordesillas en Asia;  y España que Portugal la violó en América.

     Sin embargo, Capistrano considera que esa justificativa valora excesivamente las posesiones españolas en el Oriente en relación al Brasil: “seria uma das ironias da história averiguar que, do mero apego à posse das Filipinas, procederam todas as concessões por

parte da Espanha (5).  Para la finalidad de este estudio, no se hace necesario enfocar la cuestión en su aspecto universal; para explicar el acuerdo, basta comentar lo que este autor llama “superioridad relativa de las posiciones portuguesas en las zonas litigiosas” (6), una expresión que, en realidad, de hecho no se aplica para la región platina, donde los españoles siempre fueron más fuertes. Visto que esta superioridad es consecuencia de la ocupación, trataremos del avance luso brasileño sobre el Amazonas, el Centro-Oeste y el Sur. Antes de hacerlo, debemos decir algunas palabras sobre el hombre que estaba al mando de las negociaciones del Tratado en la corte portuguesa: Alexandre de Gusmão.

La revelación de lo desconocido

     Alexandre de Gusmão fue un paulista de Santos que, después de varios años de vida diplomática, ejerció entre 1730 y 1750, las funciones de Secretario Particular de D. João V.  Durante este período, ejerció profunda influencia en las decisiones de la metrópolis sobre Brasil, y fue el principal artífice del Tratado de Madrid. Fue el primero a expresar nítidamente los principios que orientan el acuerdo, principios estos que, posteriormente, fueron llamados de uti possidetis y de las fronteras naturales. Además, también se mantuvo en el núcleo de la política cuyo propósito era preparar físicamente a la colonia e intelectualmente a la metrópolis para la negociación, contribuyendo en un caso, para consolidar la presencia portuguesa en regiones estratégicas tales como Rio Grande do Sul y Mato Grosso, y por el otro, estimulando los estudios cartográficos portugueses. Veamos cómo la obra del gran y hasta hace pocos años casi desconocido diplomático y administrador colonial se revela, poco a poco.

     En 1942, el historiador Affonso d’Escragnole Taunay se refería a nuestro personaje con las siguientes palabras: “Lo que existe sobre Alexandre de Gusmão, fragmentado y sobre todo deficiente, representa apenas una porción del estudio definitivo que, más años menos años, se ha de hacer sobre este brasileño inmortal, figura de primera plana de nuestros fastos" (7). Realmente, hasta hace poco tiempo atrás eran especialmente los historiadores los que escribieron sobre Alexandre de Gusmão. Los extranjeros que mejor escribían sobre la Historia del Brasil en el siglo XIX, Martius, Southey y Handelman, no mencionan a Gusmão. Varnhagen le dedica apenas unas pocas líneas, pero que le hacen justicia, al mencionar su papel en las negociaciones del Tratado de Madrid: " Do lado de Portugal, quem verdadeiramente entendeu tudo nessa negociação foi o célebre estadista brasileiro Alexandre de Gusmão”(8). Más tarde, ya en nuestro siglo, Capistrano de Abreu, que escribió la mejor síntesis del período colonial, lo ignora por completo. También lo hace Caio Prado Junior, cuya obra más duradera, Formação do Brasil contemporâneo, también es un magnífico estudio sobre el asentamiento y la vida material y social de Brasil en la época de la Colonia.

     Es interesante observar que en los cuentos literarios y en las colecciones de clásicos – contrariamente a lo expuesto en los libros de Historia propiamente dichos — Alexandre de Gusmão está siempre presente.  En 1841, por ejemplo, se publicó en Porto un volumen intitulado Colecção de vários escritos, inéditos políticos e históricos de Alexandre de Gusmão, de la conocida serie Os Mestres da Língua.  Esa obra sirve de fuente para mucho de lo que sobre ella se publicó, y es suficiente para comprobar tanto la vasta cultura como la profunda y latente pena de Alexandre. A fines del siglo XIX, en su Curso de literatura portuguesa, Camilo Castelo Branco coloca a Alexandre de Gusmão a la altura de los grandes hombres de letras: "na esperteza da observação, na solércia da crítica e para quem antepõe estudios sociológicos a perplexidades linguísticas, o Secretario de D. João V excede a Antonio Vieira e D. Francisco Manuel de Mello" (9).  Juzgándolo como político, Camilo no escatima nada:  todo lo que el Marqués de Pombal hace, ya había sido pensado por Alexandre. En sus propias palabras: “Todas as encomiadas providências de Sebastião de Carvalho, acerca da moeda, das companhias na América, das Colônias, das indústrias nacionais, das obnóxias distinções entre cistãos novos e velhos, das minas do Brasil, encontram-se nos escritos de Gusmão" (10).  Es una exageración, sin duda alguna, pero el hecho que debemos recordar, es que uno de los mayores escritores de Portugal coloca al Secretario del Rey a las alturas más elevadas, comparándolo a Vieira en la literatura y a Pombal en la política.

     Hoy en día, existen elementos para juzgar la obra de Alexandre de Gusmão de forma más equilibrada. Hombre universal, que escribía con mucha facilidad y gracia, no pasará a la posteridad como literato, como explica Fidelino de Figueiredo: "A afoiteza da linguagem, quase insolente, com que o Secretário se permitia advertir e censurar os grandes do Reino, em nome do soberano, é que fez as delícias de Camilo e de outros leitores do século XIX” (11). Pero sus acciones de estadista, especialmente cuanto a la concepción y negociación del Tratado de Madrid, éstas sí, ciertamente le aseguraron un lugar preponderante en la Historia de las Fronteras del Brasil.

     Durante los primeros años de nuestro siglo, en una de sus Efemérides brasileñas publicadas en el Jornal do Comercio, el Barón de Rio Branco coloca las cosas en su debido lugar. Escribiendo sobre Madrid, es preciso y breve: "o verdadeiro negociador do tratado foi o ilustre paulista Alexandre de Gusmão, embora seu nome não figure no documento" (12).  Más tarde, en su defensa del Brasil en la Cuestión de Palmas, Rio Branco tampoco deja duda alguna sobre la importancia de la obra de Gusmão. ¡Finalmente, los historiadores comienzan a recordar al estadista de Santos!

     En 1916, el embajador Araújo Jorge, antiguo colaborador de Rio Branco, reunió en un libro varios ensayos históricos, entre los cuales Alexandre de Gusmão - o avô dos diplomatas brasileños, donde coloca en el destaque que merece, el papel jugado por Gusmão en los asuntos del Brasil en los últimos 20 años de D. João V y, en particular, en la negociación del Tratado de Madrid. Este magistral estudio incluye: la pintoresca visión de Portugal en la época de D. João V — Lisboa con sus callejuelas llenas de vida,  misterio y suciedad, antes del terremoto de 1755; resumen de los trabajos de Alexandre de Gusmão en el Gobierno; sinopsis de los problemas de la Colonia de Sacramento y de los conflictos por la pose del Sur (Rio Grande do Sul y Uruguay); y discusión sobre los puntos fundamentales del tratado a que llegaron ambas cortes. La crítica que se podría hacer no se refiere a lo que está escrito, sino más bien a lo que se dejó de escribir: en realidad, el autor casi no menciona el Oeste y el Amazonas, las grandes áreas que fueron legalizadas por el tratado de Madrid. La concentración en el Sur— las vicisitudes de la Colonia de Sacramento — es absoluta, lo que probablemente refleja la percepción de la época en que se negoció el tratado, concebido principalmente para solucionar los problemas del Plata pero que, siglos más tarde, podría ser enriquecida con una visión más amplia, que abarcase todo el territorio del Brasil.

     Finalmente, en la década del 50 aparece la imponente obra Alexandre de Gusmão e o Tratado de Madrid, de Jaime Cortesão que, por la abundancia de la documentación que trae a colación, no tiene paralelo en la Historia Diplomática de Brasil.  Rescata definitivamente la acción política y diplomática de Alexandre de Gusmão, destacando las negociaciones del Tratado de Madrid.  Nadie puede decir, después del libro de Cortesão, que faltan estudios sobre el estadista que diseñó por primera vez el mapa del Brasil moderno. Es cierto que siempre se podrá discordar, aquí y allí, con alguna idea más osada del autor, pero no se podrá, después de la publicación de sus temerarios volúmenes, hablar sobre Alexandre o sobre el Tratado sin llevarlos en consideración.

     La obra cuenta con cinco partes, distribuidas en nueve volúmenes. La primera (dos volúmenes) es esencial, ya que contiene el estudio que Alexandre hace de esa época y, especialmente, de sus trabajos sobre el Brasil. Merece especial atención el análisis de los antecedentes de las negociaciones, y de la ejecución del Tratado. Las otras cuatro partes (siete volúmenes), contienen diversos trabajos del diplomático y toda la documentación disponible sobre Madrid. Como su propio título lo indica, no es una biografía de Gusmão propiamente dicha, sino más bien un estudio, lo más completo posible, del “homem na medida em que interesa à maior de suas criações; e esta durante o período em que estreitamente se prende ao criador” (13).

     Dejemos de lado, ahora, las consideraciones sobre Alexandre de Gusmão, para anticipar algo sobre su magna opera. Para percibir inmediatamente la importancia del Tratado de Madrid, basta que imaginemos lo que era Brasil antes de su existencia: un gran territorio amorfo, que no se sabía muy bien donde terminaba. En los comienzos de la colonización, si bien es verdad que también se ignoraba donde pasaba con precisión la línea de Tordesillas, al menos se tenía una frontera teóricamente demarcable; a continuación, con la ocupación del valle del Amazonas, la fundación de la Colonia de Sacramento y los descubrimientos auríferos en el Oeste, se perdió completamente la noción de hasta donde iban las tierras brasileñas. ¿Cuál era, por ejemplo, el área de los actuales estados de Santa Catarina y Rio Grande do Sul?  Dependía de lo que hiciésemos con el mapa:  para el célebre geógrafo francés Bourguignon D'Anville, en la carta que preparó de América del Sur en 1742, en la región constaba apenas como territorio brasileño una estrechísima franja del litoral, completamente separada de la Colonia de Sacramento, lo que quizás fue una visión neutra y realista.

     Podemos calcular fácilmente la falta de seguridad que provocaba en los dirigentes portugueses tener una colonia con territorio incierto y límites abiertos. Además, una colonia que ya alrededor de 1730 tenía, además de la tradicional caña de azúcar del Nordeste, nuevas y abundantes riquezas, como el oro de Minas Gerais, Cuiabá y de Goiás.  Existían también para el abastecimiento interno los productos pecuarios de las vacarias del mar, como llaman los antiguos documentos españoles la extensa área dominada por las tierras de pastoreo, que abarca desde el río Uruguay hasta el litoral (actualmente los territorios del Estado de Rio Grande do Sul y del Uruguay).

Madrid:  ocupación  y  transacción

     Veamos ahora, por regiones, como ocurrió la ocupación de esta base física legalizada por el Tratado.

a) Amazonas

     Tirante el Plata, una historia aparte, en América del Sur el imperio colonial español se centralizaba en Lima, sede del Virreinato del Perú. Otros centros importantes, como Quito, Bogotá, y Chuquisaca (hoy Sucre), estaban situados en los Andes, a alturas entre 2.500 y 4.000 m.  Fundada por Francisco Pizarro en 1530, Lima era el principal puerto de salida de las riquezas minerales que los españoles descubrieron en la sierra en los primeros contactos establecido con los incas, una civilización típica de las montañas, cuyo centro de irradiación era Cuzco. Las comunicaciones con la metrópolis eran muy demoradas, incluso porque la línea central Lima-Sevilla incluía el transbordo terrestre por Panamá.

     La famosa mina de Potosí, descubierta en el Alto Perú (actual Bolivia) en 1545, con sus inmensas reservas de plata, ejerció enorme influencia para que una buena parte de la población europea se asentase en las montañas: alrededor de 1650, con 160 mil habitantes, Potosí era el mayor centro poblado de las Américas. En el planalto de Bogotá, donde los españoles llegaron ya en 1534, región con más de 2.600m, a centenas de kilómetros tanto del Pacífico como del Atlántico, las tierras fértiles, el clima fresco y, principalmente el oro de los chibchas también atraían a los europeos a las alturas.

          Una suerte muy distinta tuvieron los portugueses que, durante dos siglos recorrieron en vano el interior o sertões para encontrar “otro Perú” (14) en el Brasil; lo que sólo ocurriría en los treinta primeros años del siglo XVIII, con la sucesiva revelación de nuestros tres eldorados:, Minas Gerais, Mato Grosso y  Goiás. ¿Por qué irían a bajar, entonces, los españoles de los años seiscientos y setecientos la montaña para aventurarse  en la selva amazónica, hostil y llena de fiebres y animales repulsivos, si tenían a mano las mayores riquezas del universo?   Además, tomando en cuenta que la actividad minera asentó a los colonos en los Andes a grandes altitudes — recordemos que en el mundo, sólo la cordillera del Himalaya tiene cumbres más altas — de aire frío y menos denso, de cierta forma los inutilizó para la vida en las tierras bajas y calientes. En ese sentido, los españoles siguieron el precedente de los incas: a pesar de formar el más "geofágico" de los imperios pre-colombinos, esos indígenas nunca se aventuraron debajo de los 2.500m en la zona amazónica de los Andes (donde está, por ejemplo, la ciudadela-templo de Machu Picchu).  El argumento de la inadecuación física, sin duda discutible, fue usado por Euclides da Cunha, en Contrastes e confrontos, cuando describe la inmensa dificultad que tenían los bolivianos de las alturas en adaptarse a las condiciones de la selva amazónica.

     Sin duda alguna, mucho más importante para explicar por qué fueron los portugueses y no los españoles los que ocuparon el Amazonas son las razones inherentes a la geografía fluvial. Desde el comienzo de la colonización, los portugueses tomaron pose de las mejores puertas de entrada de la planicie. Por el Sur, existían los senderos de los bandeirantes y, en el siglo XVIII, la ruta de las expediciones que conducía al río Cuiabá y, después de un recorrido terrestre,  al Guaporé, o sea, al Sur de la cuenca amazónica; por el Norte, ocupada la boca del Amazonas (Belém fue fundada 1616), estaba asegurado el acceso, en la expresión de un historiador de nuestros días, a la  “voie royale” (15) de la penetración.

     Con los españoles ocurría lo opuesto: era sumamente difícil desplazarse para el Amazonas a partir de la costa del Pacífico y aún dentro de los propios centros urbanos de las regiones andinas. Basta dar un ejemplo, aunque tardío e individualizado, para tener una idea de las dificultades enfrentadas. En 1886, el Gobierno del Perú nombró Gobernador del Departamento de Loreto, que contiene la mayor parte de el Amazonas peruana, a José Benigno Samanez y Campo; como tenía prisa en llegar a Iquitos, capital del departamento, el nuevo Gobernador — un notable explorador de los ríos amazónicos, decidió, es imprescindible subrayar — por el camino más rápido: de Lima fue de barco al Panamá; atravesó el istmo de tren, tomó un buque en Colón para Nueva York; de allí otro para Belém; y otra para Iquitos, donde llegó en el cortísimo plazo, para la época, de 80 días.

b)  Centro-Oeste

     Aquí la situación fue distinta: hubo cierto grado de resistencia a la ocupación portuguesa. Los españoles estaban más cerca, en el Paraguay, y especialmente en las misiones jesuitas. En 1614, se produjeron los primeros choques entre los frentes de bandeirantes y las misiones situadas al Sur de la región que estamos estudiando, en Guairá (Oeste del Paraná) y, más tarde, en el Uruguay (a las márgenes del río del mismo nombre), y en Tapes (en la parte central de Rio Grande do Sul).  Más de 100 años más tarde, con el descubrimiento de oro en Cuiabá (1719) y en Guaporé (1736), los enfrentamientos se produjeron en la proximidades de las Misiones de Chiquitos (junto a Mato Grosso do Sul) y de Moxos (junto a Mato Grosso).

     Es enriquecedor examinar el tema desde el punto de vista español. Asunción, fundada en 1537, fue un poderoso núcleo de expansión a comienzos del proceso colonizador. Una ilustración: Santa Cruz de la Sierra, en el centro del continente, en el alto Mamoré, fue fundada por personas de Asunción ya en 1541, o sea, antes de São Paulo, la primera población portuguesa que no se situaba en la costa atlántica (y aún así a apenas 50 km del litoral). Sin embargo, Asunción, “madre de ciudades”, como la llaman los historiadores hispanoamericanos, y el Paraguay como un todo perdió importancia en el sistema colonial español después que se descubrió que el camino de Buenos Aires al Perú (específicamente a la plata de Potosí), o sea, la ruta alternativa a la del Panamá, no pasaba por ahí; era más al Sur, por Tucumán.  El tema, que muestra la influencia de la geografía sobre la historia, ha sido explicado muy bien por Caio Prado Júnior, en su ensayo  “Formação dos limites meridionais do Brasil”, del libro Evolução política do Brasil e outros estudos.
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     Hubo un momento, en el siglo XVI, en que parecía que la futura región de Santa Catarina (y, consecuentemente, de Rio Grande do Sul) sería paraguaya.  Hasta allí llegaba uno de los ancestrales senderos de los guaraníes que conectaba el litoral Atlántico al área del Guairá (y a Asunción), centro de dispersión de las tribus que ocupaban casi toda la costa brasileña. El célebre explorador español Don Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, autor de grandes aventuras en  México, fue nombrado Gobernador del Paraguay en 1540, cuando ya tenía 61 años.  al llegar al continente dejó un grupo de españoles en Cananéia, en el litoral paulista, y bajó de barco hasta la isla de Santa Catarina, donde encontró varios coterráneos.  De esta forma creó la provincia de Vera que, superditada a Asunción, , tendría como límite oriental el actual litoral de Santa Catarina, Paraná y de São Paulo hasta la latitud de 24º, o sea, encima de Cananéia.  Es por esa razón que en algunos mapas de los siglos XVI y XVII se ve un Paraguay grande, con la costa Atlántica: sería un país con las mismas dimensiones de la Argentina, situado entre el Brasil (sin el Sur) y Argentina (también disminuida de sus provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones) que también incluiría al actual Uruguay.

     El gran Paraguay encogió junto con el abandono de la colonización española en esa región (Buenos Aires, al contrario, emergía). Si eso no hubiese ocurrido, es bien probable que los bandeirantesque casi 170 años después de la fundación de Santa Cruz descubrieron oro primero en el río Cuiabá (1720) y, a continuación, en las márgenes del Guaporé (1736), no hubiesen llegado allá, o si lo hubiesen hecho, encontrarían esa región también ocupada por los españoles. Todo esto, para no mencionar una época bien anterior a los treinta primeros años del siglo XVII, cuando los bandeiras paulistas destruyeron las misiones jesuitas españolas del Guairá, Uruguay y Tapes: es bien probable que un Paraguay fuerte no lo hubiera permitido.

     ¿Por qué será que los españoles, al enterarse sobre la penetración en la zona de Cuiabá, no reforzaron la fuerza militar en el área?  ¿Ignoraban, por acaso, que los luso-brasileños habían excedido Tordesillas? En realidad, hasta las últimas décadas del siglo XVIII era muy difícil calcular longitudes — fue recién en 1765, con el cronómetro de Harrison, que se descubrió un método práctico y preciso para hacerlo — y, por lo tanto, imposible para los primitivos cateadores o garimpeiros de Cuiabá y de Guaporé saber si estaban o no al Oeste de la línea de las 370 leguas. Seguramente los Gobiernos anteriores tenían noción de que sobrepasaban los límites: tanto es así que, en décadas anteriores, se habían enfrentado bien al este de esta región, en Goiás.

     El especialista en asuntos brasileños David M. Davidson, autor de un importante estudio sobre el Oeste brasileño, considera que lo que les faltó a los españoles fue toma de decisión. Permanecieron intercambiando correspondencia triangular entre los núcleos jesuitas de Moxos y las ciudades de Buenos Aires y Lima, sin invadir Mato Grosso en el momento en que eran los mas fuertes: al fin y al cabo, Cuiabá era un pequeño campamento de mineros y los puntos de cateo de minerales  en el  Guaporé se encontraban aún más desprovistos de recursos. Tampoco se puede ignorar que, en los años inmediatamente anteriores a la firma del Tratado de Madrid, España era un país debilitado por crisis y guerras, convencido que América del Sur no estaba en condiciones de poblar el centro del continente, ni de impedir que los portugueses lo hicieran: “no hay más remedio que ajustarse de modo que cada uno sepa lo que es suyo, quedando por linderos los parajes más conocidos de aquellos países, para que no se alteren en adelante; en cuya forma prevenimos la introducción futura y evitamos más daños” (16), dijo descorazonado un administrador colonial.

     Es probable, realmente, que existiese displicencia y decadencia, pero también debemos considerar que esa nueva región minera, el actual Oeste de Brasil, no era muy importante para los españoles. Con sus inmensas riquezas en los Andes y un imperio diseminado por todo el mundo, estaban "hartos de tierra" (17) y sólo reaccionaron en puntos neurálgicos, como el Plata.

c) Sur

       Hasta aquí hemos hablado del Norte y del Oeste de Brasil que, de hecho,  son las grandes extensiones involucradas en el Tratado de Madrid.  Trataremos ahora de un área mucho menor que, para los dirigentes coloniales de la época, era mucho más importante: la Colonia del Santísimo Sacramento.  Su historia está estrechamente vinculada a la de Buenos Aires, la única posesión española del lado del Atlántico de América del Sur, teóricamente subordinada al Virreinato del Perú, pero que en la práctica gozaba de una buena dosis de autonomía.  Fue en los alrededores del Plata que ocurrieron los conflictos coloniales más importantes; y, a continuación, en el Imperio, las únicas guerras que involucraron a Brasil fueron las del Uruguay 1820-1821, 1826-1827 y 1864, Argentina, 1850-1852, y las del Paraguay, 1865-1870.  La región de la vieja rivalidad platina — es curioso observar — es hoy en día aquella donde más evidente se observa la cooperación entre los vecinos, principalmente después del Mercosur.

     Era bien antiguo el objetivo portugués de hacer que los límites de Brasil llegasen al Plata. Sin embargo, en 1531 Lopes de Sousa (para usar un verbo que también es antiguo) ya “chanta” patrones en el margen izquierdo del gran río; fue ahí que Manuel Lobo fundó Colonia en 1680.  En realidad, los lusos-brasileños nunca consiguieron ocupar los territorios que unirían el resto de Brasil. En las primeras décadas faltó capacidad para poblar y colonizar la región para que Colonia tuviese una base de sostén segura, y no permaneciese dependiendo del abastecimiento y suministro de recursos de toda naturaleza de puntos tan distantes. Hubo la tratativa de fijarse en Montevideo en 1723, pero los españoles de Buenos Aires se apoderaron poco tiempo después de aquel promontorio tan importante para la conexión entre Colonia de un lado, y Laguna (fundada en 1676) del otro, el establecimiento portugués más al Sur, en el actual litoral de Santa Catarina.

     Colonia fue ocupada dos veces por tropas españolas provenientes de Buenos Aires, antes de 1750.  La primera ocurrió poco tiempo después de su fundación, pero los portugueses consiguieron reconquistarla diplomáticamente por el Tratado de Lisboa de 1681 (que atribuía al Papa el juicio definitivo sobre donde pasaba la línea de Tordesillas en la boca del Plata).  La segunda ocupación española duró once años (1704-1715) y fue consecuencia de posiciones divergentes sostenidas por Portugal y España en la Guerra de Sucesión española.  Colonia fue restituida nuevamente a Portugal: otra victoria diplomática lusa, pero esta vez conteniendo el germen de la derrota final, pues no definía lo que era el territorio de la Colonia de Sacramento.  Este, en la visión española (principalmente de los dirigentes bonaerenses), tenía como límite apenas el alcance de un tiro de cañón y no equivalía, como querían los portugueses, al actual territorio de Uruguay.  La interpretación española predominó, entre otras razones, porque los españoles siempre fueron más fuertes en el Plata.

     Asedios, hubo varios. El mayor de todos fue el provocado por un incidente diplomático ocurrido en Madrid en 1735, que acabó en un estado de guerra entre ambos países. El Gobierno de Buenos Aires aprovechó para tratar de tomar Colonia. El gobernador portugués de Colonia ofreció veintitrés meses de resistencia, y los españoles levantaron el asedio en 1737. Sin desistir, sin embargo, del intento final…

     No faltaban razones para que, años antes de 1750, los dirigentes portugueses más lúcidos, como Alexandre de Gusmão, no tuviesen ya la esperanza de lograr que el río de la Plata se convirtiese en la frontera Sur de Brasil. Colonia estaba aislada y, a pesar del asentamiento luso-brasileño en Rio Grande (1737), en la salida de la laguna Los Patos, los españoles dominaban la mayor parte de la región intermediaria, las vacarias del mar, a partir de sus bases de expansión, Montevideo y Maldonado.  Alexandre no tenía, además, duda alguna sobre la importancia que los españoles daban a Colonia, tanto por la potencialidad de transformarse en punto de vanguardia de una probable ocupación portuguesa del territorio que hoy pertenece a Uruguay y, quien sabe, hasta de Buenos Aires, por ser de hecho el puerto de contrabando de la plata andina.

 

Restos  de  vida

     Además de las ventajas cuanto al terreno, al firmar el Tratado de Madrid Portugal también poseía otros triunfos.  No se pasó directamente del hecho de la ocupación al derecho del tratado: los portugueses también tenían títulos a presentar. La Capitanía del Cabo Norte (el Estado de Amapá ampliado) fue creada por los portugueses en 1637, o sea, en el propio período de la Unión Ibérica. El rey común lo hizo, no porque quería ser amable con sus súbditos portugueses, sino porque éstos eran los que estaban en Belém y, por ende, la defensa contra los holandeses, franceses e ingleses en el área sólo podría provenir de ellos. Sin embargo, al crear la Capitanía, Felipe IV de España también creaba explícitamente derechos lusos al remoto Norte amazónico.

     En 1668, 28 años después de la separación entre Portugal y España, finalmente se firmó la paz. Una de las disposiciones del tratado firmado en esa época exigía la restitución recíproca de las plazas tomadas “durante la guerra”. En realidad, se consideraría que la extensión máxima de dicha expresión significaba “de 1640 en adelante”.  No se discutía, por lo tanto, la ocupación de el Amazonas ni de otras regiones al Oeste de la línea de Tordesillas, ocurrida durante la vigencia de la Unión Ibérica, o sea, de 1580 a 1640.  ¿Es que esa no era una admisión implícita de España de que esas regiones eran portuguesas?

     Otros documentos favorables a Portugal también son dos tratados, entre los varios firmados en Utrecht a fines de la Guerra de Sucesión en España. Uno de ellos, de 1713, aseguró a la nación lusa la pose de las tierras al margen izquierdo del Amazonas hasta el “Japoc o Vicente Pinzón”.  Debemos recordar que, para conseguir la frontera conveniente del Oiapoque, región que en realidad sólo fue ocupada parcialmente por los luso-brasileños, entró en juego la histórica suerte de los ingleses que se aliaron a los portugueses en las negociaciones, por no querer ver a los franceses en la boca del Amazonas. El otro, de 1715, devolvió a Portugal la soberanía sobre Colonia de Sacramento.

     Sería fácil encontrar más razones para explicar las ventajas de Portugal al firmar el Tratado de Madrid: la relativa prosperidad económica de Portugal, fomentada por el famoso oro brasileño de que tanto hablan los historiadores portugueses y cuyo período de mayor producción (promedio anual de 15 toneladas) abarca de 1735 a 1755; la estabilidad política del largo reinado de D. João V, durante el cual “Portugal atingiu uma posição internacional de prestígio e importância que não tinha desfrutado desde o reino de D. Manoel” (18); y la coyuntura de alianzas personales en la cúpula de ambos países, favorables a los lusos. Más oportuno, sin embargo, es mencionar la favorable circunstancia que el Gobierno portugués contaba en ese momento, ya que tenía a cargo de los asuntos brasileños a alguien con mucha habilidad diplomática: Alexandre de Gusmão.

     Nacido en la villa del Puerto de Santos, como se llamaba en los años 1695, venía de una familia conocida pero con pocas poses, y su padre, Francisco Lourenço Rodrigues, era cirujano mayor del presidio.  Entre doce hermanos, tres adoptaron el apellido del amigo paterno y protector familiar, el jesuita Alexandre de Gusmão, escritor y fundador del Seminario de Belém, en Salvador.  Como se puede ver, nuestro Alexandre, tiene el nombre y apellido del renombrado ignaciano.

     Uno de sus hermanos mayores, Bartolomeu, el padre voador, fue famoso por sus experiencias con globos, una de ellas desastrosa frente a D. João V y su corte.  Affonso de E. Taunay escribió una obra bien documentada sobre la vida de Bartolomeu y sus experimentos aéreos — donde reproduce la conocidísima grabado de 1709 de su passarola, un quimérico globo con elementos de pájaros — donde lo considera un hombre de genio y el verdadero inventor del dirigible.

     Con 15 años, después de haber estudiado en el colegio de su padrino y homónimo en Bahía, Alexandre va a Lisboa donde consigue protección real, según algunos autores porque a D. João V le gustó uno de sus poemas sobre su “real persona”, para usar otra expresión de la época.  Protección y, ciertamente, talentos, que quedaban al descubierto ya en ese entonces, le valieron el nombramiento para un puesto diplomático en París junto al

Embajador portugués, D. Luis Manuel da Câmara, Conde de Ribeira Grande.  En la ida pasa algunos meses en Madrid donde se familiariza con el problema que ocupará centralmente su interés profesional: las fronteras coloniales en América del Sur y la importancia que el enclave de Colonia tenía para su establecimiento.  En París, donde permaneció 5 años, frecuentó escuelas superiores, y obtuvo el doctorado en Derecho Civil, Romano y Eclesiástico. Como curiosidad, se menciona que durante su estadía en Francia, quizá para fortalecer la solidez de sus finanzas, abrió una casa de juego, algo poco aceptable hoy en día para un diplomático en la misma situación.

     Regresa a Lisboa y es designado para una misión en el exterior, esta vez en Roma, donde permanece siete años.  Entre otros logros alcanzados en ese período, consiguió para su Rey el título de Fidelísimo, emparejándolo, por ende, a las majestades de España y Francia, que también tenían los papales de Católica y Cristianísima, respectivamente. ¡Portugal ya no era menos que los demás!

     Regresó definitivamente a Lisboa en 1722 y comenzó a desempeñar una intensa actividad literaria y académica. Integró el grupo apodado de extranjerizos, que se declaraban a favor que Portugal se libertase de las tradiciones anquilosadas y se abriese a los nuevos vientos del iluminismo y del racionalismo que venían de Francia e Inglaterra. En ese entonces, ya se percibe el humor, osadía y propensión a la caricatura que caracterizan su estilo de comunicación.  Daremos dos ejemplos, extraídos de las cartas escritas más tarde, cuando ya estaba en el gobierno. Fue así que llegó a ironizar  la reacción de la corte portuguesa, llena de supersticiones religiosas, a las propuestas de D. Luiz da Cunha, Embajador en Paris, para que D. João V jugase un papel más activo en las negociaciones de paz europea, en 1746: “Procurei falar a S. Rvma. [o Cardeal da Mota, Primeiro Ministro] mais de três vezes primeiro que me ouvisse, e o achei contando a aparição de Sancho a seu Amo, que traz o Padre Causino na sua Corte Santa; cuja história ouviam com grande atenção o Duque de Lafões, o Marquês de Valença, Fernão Martins Freire, e outros.  Respondeu-me: Que Deus nos tinha conservado em paz, e que V. Excia. queria meter-nos em arengas; o que era tentar a Deus.  Finalmente, falei a El-Rei, (seja pelo amor de Deus).  Estava perguntando ao Prior da Freguesia, quanto rendiam as esmolas das almas, e pelas Missas, que se diziam por elas!  Disse-me: que a proposição de V. Excia. era muito própria das máximas francesas, com as quais V. Excia se tinha conaturalizado; e que não prosseguisse mais." (19)

      El Embajador de Francia en Lisboa, que reclamaba del rey portugués por el retraso en dar secuencia a un determinado asunto, fue amonestado, pero graciosamente: “Ainda que El-Rei se ache desobrigado de dar satisfações a V. Excia. me ordenou dissesse a V. Excia. que já respondera a S. Majestade Cristianíssima há mais de seis meses, por haver falado na matéria o seu Ministro de Estado ao Embaixador D. Luiz da Cunha. Pelo que não pode V. Excia. queixar-se dos procedimentos desta corte mas sim dos de França, cujo Ministro se esqueceu de que V. Excia. era seu Embaixador...” (20)

     En 1730 Alexandre de Gusmão fue nombrado Secretario Particular de D. João V y, ese mismo año, miembro del Consejo Ultramarino. A partir de entonces fue muy influyente en las decisiones del Gobierno portugués, sobre todo en los asuntos inherentes a Roma (pero en estos existía en Lisboa la competencia de los cardenales, nuncios, órdenes religiosas) y en los asunto del Brasil (en este casi sí, era el “Papa”).  Él llegó preparado para desempeñar estas últimas funciones: conocía el Brasil como nadie y sabía cuan importante era para Portugal, que en esa época ya había perdido para Inglaterra y Holanda sus posesiones orientales, asegurarse firmemente en la colonia americana, extendida mucho más allá de Tordesillas.  Tomando pose de su cargo, comienza el trabajo que termina en 1750, que le garantiza permanencia en los anales de la diplomacia de Brasil y Portugal: acordar con España límites para el Brasil, de tal forma que su territorio incluyese todas las tierras ocupadas por los luso-brasileños.

     Alexandre es un polígrafo que pensó y escribió sobre muchos asuntos. Cortesano, al estudiar en todas las fuentes disponibles la obra de nuestro personaje, se sorprendió con la extensión y variedad que tenía: “correspondência oficial, oficiosa ou familiar; memórias políticas e geográficas; ensaios sobre economia política, crítica literária, costumes sociais, e até sobre uma nova ortografia da língua portuguesa; discursos acadêmicos e panegíricos; libretos de ópera, poemas, traduções de poemas e rimários; a coleção dos seus pareceres como conselheiro do Conselho Ultramarino ou como assessor de D. João V; e, finalmente, as suas minutas de leis, portarias, alvarás, bulas, cartas e ordens régias de toda a sorte, e, acima de tudo, instruções e correspondência diplomática sobre atos ou tratados em negociações com a Santa Sé, a Espanha, a França e a Grã-Bretanha (21).

     ¡Que trabajador era ese Alexandre de Gusmão!  De su extensa obra, lo que más sobresale son sus estudios sobre el Brasil. La mano y la mente del paulista se perciben en todos los actos importantes de la política de la metrópolis en relación a la colonia, a lo largo de esos años básicos para su formación territorial, o sea entre 1730 y 1750: la emigración de parejas provenientes de las Islas Azores para ocupar Rio Grande do Sul; la capitación, en otras palabras, el impuesto per capita sobre la producción aurífera; la llegada a Brasil de especialistas en el arte de determinar longitudes para dar una idea exacta de lo ocupado por Portugal en este Continente; la defensa escrita de las ocupaciones portuguesas en América del Sur, con argumentos sumamente sólidos.

     Recordemos también, para terminar, estas observaciones sobre la vida de Alexandre que, una vez firmado el tratado, ve su estrella apagarse con la muerte del rey, su protector, y la subida de D. José I, con el futuro Marqués de Pombal como Primer Ministro.  Comienzan ahora los tiempos tristes de los ataques de acuerdo con la persecución política.  Murió en 1753 abandonado, pobre y frustrado. No le faltaron amarguras en sus últimos años, incluso privadas, como la muerte de su esposa y el incendio en que perdió su casa y bienes.

     Hoy, más de trescientos años después de su nacimiento, su estrella brilla nuevamente, sin la característica efímera de la vida, sino a través de la permanencia de su obra.  Al asumir funciones en el Gobierno portugués, sus conocimientos sobre la historia y geografía de Brasil, insuperables en su época, le permitían sentirse convencido de la imperiosa necesidad de asegurar frente a España, que debía mantenerse una base física, conquistada tan arduamente por los bandeirantes, a pie o de canoa.  Ese fue el objetivo que guió su pensamiento y actuación, y tuvo la suerte de terminar su trabajo. Las cualidades de negociador que demostró tener, respaldadas por esos conocimientos, lo convirtieron en el gran abogado de los intereses brasileños en el siglo XVIII.  Como lo sería también Rio Branco en los albores de nuestro siglo, sin olvidar el puente que, entre estas dos importantes figuras representa, en el Imperio, Duarte da Ponte Ribeiro.

Madrid:  negociaciones del Tratado

     Poco antes de la mitad del siglo, con Alexandre de Gusmão activo en los centros decisorios, Portugal se encontraba, por lo tanto, preparado para negociar con España.  Capistrano de Abreu, lógicamente dijo sobre la urgencia de un acuerdo: “A rápida expansão do Brasil pelo Amazonas até o Javari, no Mato Grosso até o Guaporé e agora no Sul, urgiu a necessidade de atacar de frente a questão de limites entre as possessões portuguesas e espanholas, sempre adiada, sempre renascente(22).  Faltaba la oportunidad histórica, que surgió con la ascensión al trono español, en 1746, de Fernando VI, yerno de D. João V. Las tentativas comenzaron inmediatamente después.

     Entre el gran número de documentos divulgados por Jaime Cortesão sobre las posiciones de cada parte, quedan en gran relieve dos conjuntos: una primera propuesta portuguesa con bases para un ajuste y la réplica española; una nueva propuesta portuguesa, ahora ya articulando un acuerdo, y la réplica española, mejorando aspectos formales e introduciendo algunas novedades. Abriendo un paréntesis, es interesante notar que el célebre artículo 21, que no permite que haya guerra en el continente sudamericano aún cuando las matrices europeas se encuentren combatiendo, y que ha sido considerado por varios autores brasileños como la semilla del futuro panamericanismo no es, según Cortesão, de autoría de Gusmão, sino de Carbajal.  La tesis anterior, que vinculaba al santista a Monroe, fue divulgada por el jurista Rodrigo Otávio, en conferencias pronunciadas en 1930, en la Sorbonne, bajo el título general de Alexandre de Gusmão et le sentiment américain dans la politique internationale.

     A continuación daremos una idea sobre estos documentos, pero comenzaremos identificando los objetivos de cada parte.  Lo que Portugal buscaba, era negociar un tratado equilibrado que, a costa de ceder en el Plata, si fuere necesario, conservase el Amazonas y el Centro-Oeste y crease, en el Sur, una frontera estratégica que impidiese cualquier tentativa española en esa región, donde la balanza del poder se inclinaba a favor de Buenos Aires.  Alexandre de Gusmão, al defender el  Tratado más tarde, en 1751, de las acusaciones del General de Brigada Antônio Pedro de Vasconcelos, ex gobernador de Colonia, dijo que su finalidad era “dar fundo grande e competente... arredondar e segurar o país”. (23)  Para España, por otra parte, el principal objetivo era parar una vez por todas la expansión portuguesa que, paulatinamente, comía pedazos de su imperio en América del Sur y, a continuación, reservar la exclusividad del estuario platense, evitando el contrabando de plata de los Andes que pasaba por Colonia y,  finalmente, con la paz fomentada por un acuerdo, impedir que la rivalidad peninsular en América fuese aprovechada por las naciones enemigas de Madrid, numerosas en Europa, para establecerse allí.

     Las propuestas portuguesas, elaboradas por Alexandre de Gusmão, se articulaban alrededor de las siguientes líneas de fuerza:

     a) era necesario celebrar un tratado general de límites y no hacer ajustes sucesivos sobre trechos específicos, según el deseo original de España;

     b) dicho tratado sólo podría realizarse si se abandonaba el meridiano de Tordesillas, violado por los portugueses en América y, además, por España en el hemisferio opuesto;

     c) las columnas estructurales del acuerdo serían los principios del uti possidetis y de las “fronteras naturales”, mencionados de esta forma, respectivamente, en el preámbulo: “cada parte há de ficar com o que atualmente possui” e “os limites dos dois Domínios... são a origem e o curso dos rios, e os montes mais notáveis”;

     d) la Colonia de Sacramento y el territorio adyacente eran portugueses, si no por el Tratado de Tordesillas, ciertamente por el Tratado de Utrecht, de 1715;

     e) podríamos admitir (queda bien claro el recuerdo de Colonia de Sacramento) “que uma parte troque o que lhe é de tanto proveito, com a outra parte, a que faz maior dano que ela o possua” (24), en las palabras del propio Gusmão.

     Las réplicas españolas, a su vez, argumentaban:

     a) siendo cierto que las Filipinas caían en la zona de la soberanía española [hoy en día se sabe que no lo hacen], lo mejor para Portugal era prescindir de cualquier alegación en este hemisferio;

     b) sobre la Colonia de Sacramento, más que cualquier probable derecho, era intolerable para España que fuese ella, con el contrabando que propiciaba, como dijo D. José de Carbajal, “causa de la disipación de las riquezas del Perú” (25);

     c) era aconsejable el intercambio de Colonia de Sacramento por un área equivalente (citando otra vez al Ministro español), “fácil de encontrar en los territorios de Cuiabá y Mato Grosso, a pesar que, a la muerte de Felipe V, el Gobierno español estudiase los medios para recobrarla” (26).

     Con el correr de las negociaciones, el territorio fue detallándose de las reducciones jesuitas de los Siete Pueblos (es bien probable que los poblados o aldeas expresasen mejor la idea de los “pueblos” del nombre en español “Siete Pueblos Orientales de Misiones), como la moneda de canje de la Colonia de Sacramento.  Los Siete Pueblos fueron fundados por los jesuitas españoles entre 1687 y 1707, algunos sobre los restos de las reducciones que escaparon la destrucción de los bandeirantes de las primeras décadas del siglo XVII.  España concordó, además, en ceder los establecimientos que poseía en la margen derecha del Guaporé (donde hoy está el Fuerte del Príncipe de Beira se encontraba la misión jesuita de Santa Rosa) pero, en compensación, quedó con el ángulo formado por los ríos Amazonas y Japurá (donde había un fuerte portugués, ancestral de Tabatinga). Poco a poco se fue detallando la descripción de las fronteras, lo que se puede observar nítidamente al dar seguimiento a la lectura de las minuciosas cartas que Alexandre de Gusmão enviaba al negociador portugués en Madrid. Los límites que emergen de esas cartas son básicamente los mismos que figuran en el propio Tratado, cuya primera versión, que difiere bien poco del texto definitivo, Gusmão envió a Madrid a fines de 1748.

     Poco tiempo después, al comenzar 1749, Alexandre de Gusmão también envió a Madrid para servir de apoyo visual a las negociaciones, una carta geográfica elaborada bajo su supervisión, donde estaban diseñados los límites propuestos en las negociaciones. Este fue el primer mapa de Brasil con la forma casi triangular con la que, actualmente, todos estamos tan familiarizados. Bajo el nombre de Mapa de las Cortes, goza de merecida fama, porque fue fundamental para que las tratativas llegasen donde los portugueses querían. En ese mapa, que combinaba hábilmente cartas conocidas y confiables de América del Sur, el área extra-Tordesillas del Brasil era, sin embargo, bastante diminuta, dando la impresión de haber parcas ganancias territoriales al Oeste del meridiano.  El mapa, a pesar de tener ese defecto, era el mejor que existía en el momento, ya que incorporaba los datos obtenidos por las penetraciones más recientes del sertão. Aprobado por ambas Cortes, fue la base tanto para las negociaciones como para las posteriores campañas de demarcación.

     Así lo expresó Roberto Simonsen, al referirse al Mapa de las Cortes, diciendo: “A carta do Brasil está visivelmente deformada, apresentando Cuiabá sob o mesmo meridiano da foz do Amazonas, próximo ao qual passaria a linha de Tordesilhas (um erro de nove graus).  Essa construção, mostrando ser menor a área ocupada, talvez tenha sido feita visando facilitar a aceitação, pelos espanhóis, do princípio do uti possidetis, que integrou na América portuguesa tão grande extensão de terras ao oeste meridiano de Tordesilhas” (27).  Cortesão es sincero: “O Mapa das Cortes foi propositadamente viciado nas suas longitudes para fins diplomáticos” (28).  Sin embargo, defiende dicho procedimiento: “Alexandre de Gusmão representava então uma política de segredo, que o Estado português vinha praticando sobre seus descobrimentos geográficos, desde o século de quatrocentos...  D. João V, no fio de uma tradição secular, conservava secreta... a cartografia dos Padres Matemáticos.  O Mapa das Cortes não passava da conseqüência necessária duma velha política praticada e oficializada ainda no seu tempo” (29).  Dejando de lado las probables consideraciones éticas, lo que se puede decir es que los españoles también adaptaban mapas a sus intereses políticos, tal como reveló, por ejemplo, el estudio publicado en un número reciente de Imago Mundi sobre el mapa de la América del Sur de Cruz Caño y Olmedilla, base del futuro Tratado de San Ildefonso.

     El Tratado de Madrid fue firmado el 13 de enero de 1750.  De este modo, se legalizaba la ocupación de el Amazonas , así como del Oeste y Sur de Brasil, realizada poco a poco durante dos siglos y medio por bandeirantes religiosos y colonos laicos. Concomitantemente, se abandonó el sueño colonial del Plata …  Llegando a otorgar al Brasil límites casi naturales. El geógrafo alemán Brandt lo expresó de la siguiente manera: “La línea divisoria se … considera como un todo, una línea razonablemente natural, perfectamente coherente con la configuración de la superficie. En el Sur casi coincide con los límites entre la montaña brasileña y la planicie platina: en el Norte, con los principales divisores del Amazonas, Orinoco y ríos guayaneses.  En la parte oriental no alcanza la raya entre la planicie brasileña y el cinturón montañoso del Pacífico, quedando la cuenca amazónica. También ahí, debido a su frecuente conexión con los obstáculos fluviales, tampoco se desprende de la naturaleza. Sin pecar de una gran falta de precisión, se puede decir que ella se aproxima generalmente de la divisoria continental de la circulación fluvial” (30). Era el mito de la isla Brasil que, con las imperfecciones de la realidad, se corporificaba...

     Poco después de su firma se formaron dos comisiones para la demarcación. La del Norte, presidida por el Gobernador del Estado de Grão-Pará y Maranhão, hermano del Marqués de Pombal, Francisco Xavier de Mendonça Furtado, que durante años participó en campañas en la selva amazónica, que contribuyen enormemente para aumentar considerablemente el conocimiento de la geografía de la región. Hubo varias desavenencias entre los delimitadores portugueses y españoles en el Amazonas, pero fue en el Sur que las delimitaciones — en ese caso bajo el mando del Gobernador de Río de Janeiro en la parte portuguesa, Gomes Freire de Andrada — llegaron a un impasse más grave, con la resistencia de los jesuitas e indígenas de los Siete Pueblos al éxodo a que estaban condenados por el Tratado.  El episodio quedó conocido como la Guerra Guaraní (1755-1756).

     A lo largo de los cinco años posteriores a la firma del Tratado de Madrid, murieron sus principales protagonistas: D. Juan V, Alexandre de Gusmão, D. Fernando VI, su reina, D. Maria Bárbara, y el negociador español D. José de Carbajal y Lancaster.  Con la firma del Tratado de El Pardo, en 1761, anulatorio del Tratado de Madrid, podría parecerle al observador de la época que la obra de Alexandre de Gusmão moría en su primera infancia. En realidad, apenas estaba comenzando una larga vida que, en sus líneas básicas, se prolonga hasta la actualidad.

Ideas  creativas

     Enumeremos las propuestas sobre las cuales se asienta el tratado firmado en 1750:  Portugal ocupó tierras en América, pero España se benefició en el Oriente; las fronteras no continuarían siendo líneas geodésicas abstractas, como la de Tordesillas sino, siempre que fuere posible, accidentes geográficos fácilmente identificables; el origen del derecho de propiedad sería la ocupación efectiva del territorio y, en casos excepcionales, podría producirse un canje de territorio.

     Hoy se tiene la seguridad que Alexandre de Gusmão fue el propulsionador de todas las ideas que se encuentran incorporadas ahí, así como el estadista que primero vislumbró la conveniencia de usar las reglas del uti possidetis y de las fronteras naturales para limitar las inmensas áreas coloniales del centro de América del Sur.  Fue también él quien tuvo el coraje de, después de tantas luchas, aceptar el cambio de la Colonia de Sacramento, reconociendo que el deseo del Plata como límite de Brasil ya no se podía convertir en realidad. Alexandre también estaba plenamente consciente que España valoraba profundamente la pose de ambos márgenes del río y que, consecuentemente, durante una posible negociación la Colonia tendría un inmenso valor de canje, que debería realizarse en el momento que la coyuntura bilateral lo permitiese.

     Pero para que ocurriese una transacción de esa magnitud — la división de un continente — era imprescindible prepararse técnicamente, porque era muy pobre el caudal de conocimientos geográficos que ambas naciones ibéricas, pioneras de esa ciencia en la época de los grandes descubrimientos, tenían en ese entonces sobre el interior de América del Sur. Portugal supo reaccionar: en la segunda cuarta parte del siglo XVIII, cuando surgió un verdadero renacimiento de los estudios geográficos en el país estimulado directamente por la Corona. Especialistas de diversas naciones europeas llegaron a Lisboa y dos de ellos, jesuitas, los padres matemáticos, como los llaman los documentos de la época, fueron enviados a Rio de Janeiro en 1729, con la misión de elaborar un Nuevo Atlas del Brasil. Lo que el Gobierno portugués quería, era obtener una idea precisa de la ubicación de los territorios ocupados en relación a la línea de Tordesillas, especialmente después de los recientes avances en el Centro-Oeste (Mato Grosso).

     Un hecho específico sirvió de acicate a la reacción. Fue la publicación, en 1720, de la primera carta científica de la Tierra por el geógrafo francés Guillaume Delisle, o sea, con latitudes y longitudes observadas por medios astronómicos, con mapas de América del Sur que mostraban que la Colonia de Sacramento, todo el valle del Amazonas y las minas de Cuiabá y del Guaporé se situaban fuera de la parte atribuida a Portugal por el Tratado de Tordesillas.  D. Luiz Cunha, uno de los mayores estadistas portugueses del siglo, en ese entonces Embajador en París, envió los mapas a Lisboa y ciertamente Alexandre de Gusmão supo de su existencia. No podría dejar de ser chocante que un especialista de otra nación pudiese realizar un trabajo sobre América del Sur, cuyo acceso era difícil para los extranjeros y las informaciones geográficas consideradas secretas, a tal punto que ni los portugueses ni los españoles que con sus grandes imperios coloniales tanto interés tenían en el asunto, estaban en condiciones de elaborar. Jaime Cortesão se refiere a la situación en Portugal, de la siguiente manera: “O Rei e as classes cultas acordam para o estudo da geografia, da cartografia e, por conseqüência, também da astronomia.  Que os problemas da soberania... e o desejo de afirmá-la sobre novos, vastos e ricos territórios estavam na base desse renascimento, não há como negá-lo.  Mas a Dissertação de Delisle foi o sinal de alerta (31).   De su parte, ¿qué es lo que hizo España interesada, sin duda alguna, en probar que su territorio americano había sido invadido, como ciertamente tenía elementos para suponer? Nada, o casi nada, explicó Cortesão, que agregó: “E esse desnível cultural [entenda-se, cartográfico] vai pesar... na balança das negociações do Tratado de Madri a favor de Portugal.” (32)

     Comprobando la conexión directa en las ideas de Alexandre de Gusmão a los artículos básicos del Tratado de Madrid, existe un documento de excepcional interés, parcialmente manuscrito por el propio Alexandre de Gusmão, con correcciones y adiciones de D. Luís da Cunha.  Tiene un título bien largo como era costumbre en esa época: Dissertation qui détermine tant géographiquement que par les traités faits entre la Couronne de Portugal et celle d'Espagne quels sont les limites de leurs dominations en Amérique, c'est-à-dire, du côté de la Rivière de la Plate.  Fue redactado en francés con el propósito de divulgar en Europa la posición portuguesa en la época sobre más de una de las divergencias existentes entre Portugal y España sobre la pose de la Colonia de Sacramento (el llamado Conflicto del Plata, que duró de 1735 a 1737).  Realmente, es allí que yace la idea que el Tratado de Tordesillas debe ser abandonado por ser indemarcable; ya que, aunque se pruebe que los portugueses violaron ese tratado en América, los españoles ciertamente lo violaron en el Oriente; y que la solución debería, necesariamente, encontrarse en las negociaciones globales, con concesiones mutuas. Dichas negociaciones, además, concluye el trabajo publicado en 1736, sólo podrían basarse en las dos reglas del uti possidetis y de las fronteras naturales. Reglas que, curiosamente, nos remontan nuevamente al nebuloso pasado de los mitos: el del el dorado, que atrayendo a los bandeirantes al corazón de América del Sur, los llevó a ocupar dos terceras partes del Brasil actual, y se relaciona con el uti possidetis; y el de la isla Brasil, cuya tendencia fue dar al país una conformación orgánica, con divisas fluviales, que se vincula a las fronteras naturales. No se llegó al Plata, en el Sur, sino que se quedó con Rio Grande do Sul, Mato Grosso y la mayor parte de la cuenca del Amazonas, lo que ciertamente no es poco …

     David M. Davidson resume de esta forma el pensamiento de Alexandre de Gusmão, en vísperas del Tratado de Madrid: “Activo participante en las negociaciones con España sobre Colonia, llegó a la conclusión que la resolución de los antagonismos coloniales dependía de la clara definición de las prioridades territoriales de Portugal, y de una incuestionable base para la posesión de las tierras disputadas.  Junto con el veterano estadista D. Luis da Cunha, ellos  consideraban los campos de pastoreo del Sur, el bosque, los productos naturales del Amazonas, y las minas del Centro y del Oeste más valiosos para la metrópolis que el limitado contrabando conducido a través de la Colonia. A pesar que los ministros portugueses no renunciasen a las reivindicaciones sobre Colonia y el estuario platino, la firme determinación de España los convenció que dichas pretensiones no eran factibles: la política de la Corona, con la influencia de Gusmão desde mediados de la década de 1730, se orientó a la ocupación y la defensa de Rio Grande do Sul, del Oeste y del Amazonas.” (33)

     El mismo autor, sin disminuir el valor de Gusmão, recuerda y con justicia, el vínculo de sus ideas con aquellas de los antiguos administradores coloniales: “Al igual que los miembros del Consejo de la India de la década de 1720, Gusmão sospechaba que una parte sustancial del interior de Brasil se encontraba al Oeste de la línea de Tordesillas; y tal como sus predecesores, consideraba la ocupación una base para la soberanía mucho más sólida que la división tradicional y los accidentes geográficos, únicos marcos adecuados para la demarcación territorial. Aunque Gusmão fue el primer gobernante portugués que expresó clara y sofisticadamente los principios del uti possidetis y de las fronteras naturales, él se apoyaba en directrices ya presentes en el pensamiento oficial portugués”. (34)

Madrid:  muerte y vida

     Son varios los motivos que llevaron a la anulación del Tratado de Madrid.  Es cierto que, en el Sur, hubo la Guerra Guaraní y, en el Norte, las dificultades inherentes a la demarcación se revelaron insuperables.  Existen controversias cuanto a que la oposición jesuita haya representado un papel decisivo en la quiebra del Tratado. Existen autores, de la importancia de un José Carlos de Macedo Soares o de un João Pandiá Calógeras, que consideran la actitud contraria de los jesuitas como la principal causal de la anulación. Escuchemos este: “Balanceados os fatores da decisão [de anular Madri], parece que, no ambiente de má vontade contra a obra precursora de Alexandre de Gusmão, o elemento primacial foi a longa campanha dos jesuítas contra a cessão dos Sete Povos das Missões” (35).

     Para otros, sin embargo, como Helio Vianna, las acusaciones a los jesuitas no encuentran amparo en los documentos; serían pretextos encontrados en la época para atacar a la Compañía de Jesús que, poco tiempo después, en 1759, sería expulsada de Brasil. El historiador portugués Vizconde de Carnaxide, especialista de las relaciones entre Brasil y Portugal en la época del Marqués de Pombal (1750-1777), llega a la conclusión que distingue las reacciones de los ignacianos locales (los dirigentes de los Siete Pueblos) de la orientación de la matriz europea.  En sus palabras: “Os jesuítas missionários opuseram-se à transmigração dos povos do Uruguai, ordenada no Tratado de Limites de 1750; a Companhia de Jesus empenhou-se tanto quanto os governos de Portugal e da Espanha em que a transmigração se fizesse” (36).

     El deterioro de las relaciones entre las Coronas, provocado en España por la ascensión al poder de un opositor del acuerdo, Carlos III en 1760, y en Portugal, por la consolidación del poder de otro, el Marqués de Pombal, fue seguramente causal importante de la rápida muerte (apenas aparente, como reveló el futuro) del acuerdo. Pombal era contrario al Tratado de Madrid porque no concordaba con la cesión de la Colonia de Sacramento, en una actitud nacionalista, apreciada en ese entonces pero ciertamente exagerada en vista a la evidente ventaja del canje. Quizá la antipatía que el poderoso ministro nutría por su merecido antecesor, Alexandre de Gusmão, también contribuyó para explicar su posición (37).

     El hecho es que, en 1761, los dos países firmaron el Tratado de El Pardo, por el cual, como reza el propio texto del acuerdo, el Tratado de Madrid y los actos resultantes del mismo, quedaban “cancelados, cassados e anulados como se nunca houvessem existido, nem houvessem sido executados”. Se retornaba de esta forma, por lo menos en teoría, a la incertidumbre de la división de Tordesillas, tan poco respetado en el terreno como alterado por los acuerdos posteriores. En la práctica, ninguna nación pretendía renunciar a sus conquistas territoriales o a sus títulos jurídicos.  El Tratado de El Pardo creaba apenas una pausa durante la cual se esperaría el momento propicio para establecer un nuevo ajuste de límites.

    Ese momento surgió en 1777, año en que — hecho sin precedente en la historia de Portugal — una mujer, D. Maria I, subió al trono y comenzó la política de reacción al pombalismo, que se hizo conocida como viradeira.  Ya se estaba negociando un tratado, pero la caída de Pombal y, en España, la sustitución del Primero-Ministro Grimaldi por el Conde de Florida Blanca modificaron el equilibrio de fuerzas “para pior quanto aos interesses portugueses” (38) y precipitaron los acontecimientos.  España hizo exigencias e impuso la firma del Tratado Preliminar de Límites, al que se dio el nombre de uno de los palacios del rey español, situado en San Ildefonso, en las proximidades de Toledo.  De acuerdo a ese tratado, Portugal conservaba para el Brasil las fronteras Oeste y Norte negociadas en Madrid, pero cedía la Colonia del Santísimo Sacramento, sin recibir en compensación los Siete Pueblos de las Misiones.

     No hay duda alguna que, por el Tratado de San Ildefonso, en el Sur Portugal perdía con relación a lo que había ganado por el Tratado de Madrid; sin embargo, no se puede garantizar que el tratado fue malo para Portugal porque confirmaba la inclusión, en el territorio nacional,  de prácticamente toda el área de los famosos dos tercios del Brasil extra-Tordesilla. La mayoría de los historiadores brasileños, sin embargo, condena el acuerdo. El Vizconde de San Leopoldo lo juzga  “um tratado mais que todos leonino e capcioso”  y  Varnhagen afirma que sus artículos fueron “ditados pela Espanha quase com as armas na mão” (39). Capistrano, pensando siempre por sí mismo y creyendo que ningún patriotismo puede sobreponerse a la justicia, lo considera “mais humano e generoso” (40) que el de Madrid, ya que no imponía transmigraciones indígenas, que consideraba odiosas.

     Existen historiadores hispanoamericanos que también condenan a San Ildefonso, pero por motivos opuestos a los expresados por los críticos brasileños: según ellos, España podría haber obtenido mucho más en aquel momento. El argentino Miguel Angel Scenna lo expresó, por ejemplo, de la siguiente manera: “San Ildefonso... lamentable [para los españoles] en cuanto fue negociado cuando España tenía las cartas de triunfo en la mano y estaba en condiciones de invadir militarmente el Brasil.” (41)  En aquel momento, es verdad, Pedro de Ceballos, Gobernador de Buenos Aires, había ocupado Santa Catarina y tenía posición de fuerza frente a los luso-brasileños en  Río Grande do Sul.

     Es probable que fuese más correcto el juicio de los historiados hispánicos que, como Capistrano, juzgaban que el Tratado de San Idelfonso era un acuerdo bastante satisfactorio, que reflejó la situación de poder del momento, más favorable a España que la existente en la época del Tratado de Madrid. El internacionalista argentino Carlos Calvo tiene, por ejemplo, la siguiente opinión sobre el Tratado de San Ildefonso: “Más ventajoso a España que el de 1750, la dejó en el dominio absoluto y exclusivo del Rio de la Plata, enarbolando su bandera en la Colonia de Sacramento y estendiendo su dominación a los campos del Ibicuí [la región de los Siete Pueblos] en el margen oriental del Uruguay, sin más sacrificio que la devolución de la isla de Santa Catalina, de la cual se había apoderado por conquista.” (42)

     La opinión de Calvo también se aproxima a la defensa del tratado presentada al Rey Carlos III por el Ministro que lo negoció, el Conde de Florida Blanca, del cual citaremos algunos trechos: “Vuestra Majestad obtenía por este Tratado la Colonia del Sacramento, así como la exclusión de todas las naciones del Rio de la Plata... en el reinado precedente... para adquirirla se cedió, por el tratado de 1750 con el Portugal, todo el territorio de Ibicuí...  Por la convención de 1777 Vuestra Majestad pudo adquirir esta colonia quedándose sin embargo con el Ibicuí y el territorio cedido en el Paraguay...”. Pareciendo responder anticipadamente a críticas que se levantarían en el siglo siguiente en los países de América hispana, explicaba, con realismo: “nos han vituperado de haber abandonado la ciudad de Rio Grande con la laguna de los Patos y devuelto la isla de Santa Catalina... [además de] extender nuestras posesiones en el Brasil, como parecen desearlo algunas personas, en virtud de la famosa división de Alejandro VI, es un proyecto de ejecución imposible y, lo más importante aún, contrario a los compromisos anteriores.  Además, admitiendo este principio tendríamos que ceder a los portugueses las islas Filipinas, puesto que les pertenecen según la demarcación hecha por este pontífice” (44).

     El Tratado de San Ildefonso estableció nuevos límites en el Sur, pero básicamente, conservó las mismas fronteras del Tratado de Madrid en el resto del territorio brasileño. Sin hacerlo exactamente como llevan a creer varios libros de historia. En realidad, la comparación de las descripciones de las fronteras de uno y otro acuerdo muestra varias pequeñas variantes, provocada por un conocimiento mejor, en 1777, de las regiones que debían demarcarse. Firmado el Tratado, comienzan otra vez las grandes campañas de demarcación en el Sur, el Oeste y en el Norte del Brasil. A ejemplo de lo que habían sido las del Tratado de Madrid, no alcanza sus objetivos — la caracterización de las lindes en el terreno — pero contribuyen para el conocimiento de áreas hasta entonces impenetradas, y algunas situadas en el Amazonas, poco conocidas hasta la fecha. Surgieron nuevas divergencias entre los demarcadores del Norte, de las cuales es clásica aquella entre Pereira Caldas (sustituido después por Lobo d' Almada) y el comisario español Requeña.  Éste,  de hecho, ya a fines del siglo escribió una erudita Historia de las Demarcaciones de Límites en la América, entre los Dominios de España y Portugal, donde brinda la versión española de las dificultades de la demarcación, versión que será retomada muchas veces por las naciones hispanoamericanas en el siglo XIX.

     Para cumplir el acuerdo, Tabatinga debería entregarse a los españoles, pero los comisarios portugueses hicieron lo imposible para no dejar el fuerte, fundado y habitado por brasileños, a los tradicionales adversarios.  Pedro Moncayo, autor de comienzos del siglo XIX, explica: “El agente de Portugal, sin desconocer la justicia de la reclamación hecha por el comisario español, dio por excusa para retener la fortaleza de Tabatinga, que no podría entregarla sin recibir al mismo tiempo las fortalezas que pertenecían a Portugal y que poseía España en los márgenes del río Negro.” (45)  En el Sur, las divergencias no fueron menores, a pesar que las áreas involucradas no estaban habitadas ni eran mejor conocidas.

     Varnhagen resume críticamente los trabajos de demarcación: “Os comissários foram nomeados, partiram, apresentaram-se sobre os terrenos... não para porem marcos e levantarem as plantas, mas para discutirem e para, à força de muita discussão, retirarem-se brigados...  As duas nações não conseguiram os fins a que se haviam proposto, e o tratado não passou nunca de preliminar...” (46). De este modo, al terminar el siglo XVIII todavía no se habían demarcado las fronteras, a pesar de haberse chantado algunos marcos. Como enseña Arthur Reis: “A fronteira entre os territórios portugueses e espanhóis continuava à mercê do mais ousado” (47).  En otras palabras, de los portugueses…

     En 1801, la situación se agravó con la nueva guerra entre las naciones peninsulares, conocida como de las Naranjas. En Europa, Portugal tuvo su territorio amputado con la conquista española de Olivença, pero en América, los luso-brasileños retomaron, esta vez para siempre, el territorio de los Siete Pueblos empujando la frontera hasta el río Quaraí.  Bien diferente de la ocupación realizada durante la Guerra Guaraní, ahora ésta fue fácil: “os Espanhóis não conseguiram defender o território... faltavam os jesuítas para organizar os índios e comandá-los com eficácia na guerra...” (48).  Volvía a regir el límite Sur, establecido en 1750 (bajaba del Ibicuí al Quaraí en el Oeste, pero en compensación subía de “Castillos Grandes” al Chuí en el litoral).

       El conflicto terminó aquel mismo año, con el Tratado de Paz de Badajós, que no revalidó el Tratado de San Ildefonso, ni cualquier otro tratado de límites anterior, omisión que contrariaba la práctica más común entre las naciones ibéricas, de confirmar límites cuando pactaban los tratados de paz.  Tampoco mandó reestablecer el statu quo ante bellum y, por consiguiente, Olivença es una ciudad española y el territorio sudoeste de Rio Grande do Sul es brasileño. Por ende, al “fim do período colonial o mapa brasileiro estava quase definido” (49).  Es interesante notar que eso no ocurrió en el resto de América del Sur, ni en América del Norte, donde las grandes alteraciones fronterizas ocurrieron después de la independencia (para dar un ejemplo importante, debemos recordar que los Estados Unidos “heredaron” de Inglaterra algo como 1/10 de su territorio actual).

     Existen divergencias entre brasileños e hispanoamericanos sobre la validez del Tratado de San Ildefonso después de la Independencia. La mayoría de los autores hispanohablantes lo ve, para usar las palabras de Raúl  Porras Barrenechea, en su Historia de los Límites del Perú, como “el que fijó definitivamente los límites inter-coloniales”. (50)  Sigamos con el mismo historiador: “El tratado de San Ildefonso fue el último convenio celebrado entre España y Portugal, sobre demarcación de sus respectivas colonias.  Era el tratado vigente al proclamarse la independencia de América del Sur. Brasil, sin embargo, siguiendo la tradición expansionista de los colonizadores portugueses, sobrepasó en muchos lugares la línea del Tratado de San Ildefonso.  En las discusiones diplomáticas en las que países vecinos del Brasil intentaron hacer valer los derechos que les concedía el Tratado de San Ildefonso, el Brasil negó la validez y subsistencia de este Tratado” (51).

     La doctrina brasileña desarrollada en el Imperio se apegaba no al texto del Tratado de San Idelfonso, que — siempre recordábamos — era provisional, como lo dice su título, y fue anulado por la guerra de 1801, sino a su principio fundamental, que era el mismo del Tratado de Madrid, el uti possidetis. San Ildefonso sólo serviría como orientación supletiva,  ya que en las áreas donde no existiese ocupación de ninguna de las partes involucradas, continuaba la doctrina formulada en su versión más completa por el Vizconde do Rio Branco, en memorando presentado al Gobierno argentino en 1857. En el fondo, era la pose, base del Tratado de Madrid, que continuaba a definir el territorio; en cierta forma, era la obra de Alexandre de Gusmão que vivía para siempre.

FUENTES DE LAS CITAS

  • Robert Southey, História do Brasil, tomo VI, p. 8.
  • H. Handelmann, História do Brasil, p. 245.
  • Barón de Rio Branco, Obras completas, vol VI, p. 21. La historiografía portuguesa en general, considera también bajo buenas luces el Tratado de Madrid. Pedro Soares Martinez es la excepción, considerando que son “que... tenha sido vantajoso para Portugal: … (História diplomática de Portugal, p. 193.)
  • Apud Luis Santiago Sanz, La Cuestión de Misiones, p. 14. Es interesante notar que aún en esa época (1750), por lo menos algunos sectores de la clase dirigente española tenían intenciones anexionistas con relación a Portugal. Cortesão publica instrucciones de D. José de Carbajal y Lancaster a su Embajador en Lisboa. Que dicen con toda claridad que: “la pérdida de Portugal fue sangre pura y balsámica y así el Ministro español que no piense en la reunión o no sabe su oficio o no tiene ley”. (Alexandre de Gusmão e o Tratado de Madrid, tomo II, p. 226).
  • Capistrano de Abreu, Capítulos de história colonial, p. 201.
  • Id. ibid., p.201.
  • Affonso de E. Taunay, Bartolomeu de Gusmão, p. 21.
  • Francisco Adolfo de Varnhagen, História geral do Brasil, tomo IV, p. 84.
  • Apud A.G. de Araujo Jorge, Ensaios históricos, p. 114.
  • Apud id. ibid., p. 119.
  • Fidelino de Figueiredo, História literária de Portugal, p. 300.
  • Barão do Rio Branco, op. cit., vol. I, p. 24.
  • Jaime Cortesão, Alexandre de Gusmão e o Tratado de Madrid, tomo I, p. 9.
  • Sérgio Buarque de Holanda, Visão do Paraíso, p. 65.
  • Guy Martiniére, “Frontières Coloniales en Amerique du Sud”, in Cahiers de I’Amerique Latine, nº 18, p. 166.
  • Apud Manuel Lucena Giraldo, Francisco Requeña y otros: Ilustrados y Barbaros, p. 11.
  • Georg Friederici, A conquista da América pelos Europeus, p. 62.
  • Charles Boxer, The Portuguese Seaborne Empire, 1415-1825, p. 160.
  • Alexandre de Gusmão, Obras, p. 49.
  • Id. ibid., p. 45.
  • Jaime Cortesão, op. cit., vol I, p. 9.
  • Capistrano de Abreu, op. cit., p. 196.
  • Jaime Cortesão, op. cit. parte I, tomo I, p. 261.
  • Apud id. ibid., p. 285.
  • Id. ibid., p. 296.
  • Id. ibid., p. 297.
  • Apud id. ibid., p. 329.
  • Id. ibid., p. 332.
  • Id. ibid., p. 333.
  • Apud Id. ibid., p. 381.
  • Jaime Cortesão, op cit., tomo II, p. 281.
  • Id. ibid., p. 299.
  • David M. Davidson, Colonial Roots of Modern Brazil, p. 73.
  • Id. ibid., p. 73.
  • J. Pandiá Calógeras, A política exterior do Império, vol.1º, p. 224.
  • Visconde de Carnaxide, O Brasil na administração pombalina, p. 10.
  • Uno de los biógrafos más conocidos de Pombal, J. Lúcio d’Azevedo, tiene una visión favorable del Tratado de Madrid y de Alexandre de Gusmão, diferente de la que tenía su biografado: “O acerto de limites com Hespanha na America, contra a geral vontade dos portugueses, é obra sua, pela qual as gerações sucessoras lhe devem ser gratas. Por elle, a troco da onerosa posse da colonia do Sacramento, as fronteiras do Brasil foram seguras contra as reivindicações decorrentes da bulla de Alexandre VI”. ( (O Marquês de Pombal e sua época, p. 97)
  • Arthur Cesar Ferreira Reis, “Os tratados de limites”, in História da civilización brasileña, vol. 1, p. 376. Sobre la viradeira, la moderna historiografía portuguesa ha revisado juicios anteriores, considerándola una reacción menos violenta de lo que se pensaba.
  • Apud Helio Vianna, História diplomática do Brasil, p. 73.
  • Capistrano de Abreu, op. cit., p. 305.
  • Miguel Angel Scenna, Argentina-Brasil; Cuatro siglos de Rivalidad, p. 62.
  • Apud José Carlos de Macedo Soares, Fronteiras do Brasil no regime colonial, p. 168.
  • Carlos Calvo, Colección Historica Completa de los Tratados, tomo séptimo, p. XVII.
  • Apud id. ibid., p. XVII.
  • Apud Vicente G. Quesada, História Diplomática Latino-Americana, p. 267.
  • Francisco Adolfo de Varnhagen, História geral do Brasil, tomo 4, p. 269. Sobre las demarcaciones de San Ildefonso no se conoce marco tan notable por el tamaño y decoración como el de Madrid, que hoy adorna la plaza principal de Cáceres; existen marcos más modestos, pero aún así de unos 3m de altura, también de mármol y con el escudo portugués, como el ejemplar encontrado hace unas pocas décadas en alto río Negro y que ahora decora los jardines del Palacio Itamaraty de Brasilia.
  • Artur Cesar Ferreira Reis, op. cit., vol. I, p. 379.
  • Joaquim Romero Magalhães. “ As Novas Fronteiras do Brasil” in História da expansão portuguesa no Brasil, vol. III, p. 35.
  • Francisco Iglésias, Trajetória política do Brasil, 1500-1964, p. 295.
  • Raul Porras Berrenechea e Alberto Wagner de Reina, Historia de los Límites del Perú p. 23.
  • Id. ibid., p. 23.






Tratado de Tardecillas





Aurélio Zimmerman, Bendición de los cañones




El Rey D. Juan V de Portugal 




Portada de  Terzo Volume delle Navigationi et Viaggi, de Giovanni Baptista  Ramusio, 1556





El Rey D. José I de Portugal



  1.   Portada  de Chronica da Província do Brasil, de Simão de Vasconcelos, 1663