MISSÕES DE PAZ: A DIPLOMACIA BRASILEIRA NOS CONFLITOS INTERNACIONAIS

Coordenação de Raul Mendes Silva

GUERRA Y PAZ -  LA CONFERENCIA DE SAN FRANCISCO

EMBAJADOR MARIO GIBSON BARBOZA
Ministro de Relaciones Exteriores ( 1968 – 1974 )


Here is a place of disaffection (...)
Distracted from distraction by distraction
Filled with fancies and empty of meaning

Tumid apathy with no concentration

Men and bits of paper; whirled  by the cold wind

That blows before and after time *

T.S.Eliot, Four Quartets
Este es un lugar de desafección / Distraído de la distracción por la distracción /Lleno de fantasias y vacío de sentido / Túmida apatía sin concentración / Hombres y pedazos de papel, arremolinados  por el viento frío / Que sopla antes y después del tiempo.

     Estaban en guerra, cuando llegué a los Estados Unidos, en abril de 1943, para asumir mi primer puesto en el exterior, el de Vicecónsul de Houston, Texas, después de un extenuante viaje de avión que duró tres días, entre Rio de Janeiro y Miami.

     Viajé con João Augusto de Araújo Castro, colega de escuela, nombrado Vicecónsul en Puerto Rico que, como yo, salía por primera vez de Brasil. Nos hicimos amigos en Rio, una amistad que, con el tiempo, se hizo cada vez más fuerte.

     Al partir de Brasil, yo había dejado un país en guerra, de la cual participábamos en el límite de nuestras posibilidades, asumiendo riesgos, perdiendo prácticamente toda nuestra flota mercante, hundida por submarinos italianos y alemanes, enviando una Fuerza Expedicionaria al teatro de operaciones en Europa, haciendo sacrificios económicos, tales como la fijación de un cambio preferencial para las compras norteamericanas, y cediendo las bases de Recife y Natal a la aviación militar de los Estados Unidos, decisión de importancia vital para conducir las operaciones militares de los Aliados en el salto sobre el Atlántico, que Churchill llamó de “trampolín de la victoria”.

     Fue, no obstante, justamente en los Estados Unidos que pude ver y sentir la movilización total de un país para el esfuerzo de guerra. No se sentía propiamente dicha la guerra, en el sentido de que no se sufría la destrucción, los bombardeos, el riesgo de vida. Pero se respiraba guerra, se vivía guerra, se canalizaban los esfuerzos para ganar la guerra. Era una nación en armas. Los operarios de todas las fábricas, de todas las industrias comenzando, naturalmente, por las fábricas de armamentos, los empleados públicos, los agricultores, etc. – todos estaban en guerra, no apenas los militares. Los jóvenes válidos y aún los no muy jóvenes, hombres y mujeres, estaban en uniforme. Más de una vez me pararon y cuestionaron en la calle por no estar en uniforme, dada mi apariencia de joven válido, tan universal era la movilización para la guerra en los Estados Unidos.

     Eran tiempos heroicos, cuando toda la inmensa potencialidad de la pujante nación se juntaba, congregaba y organizaba para la guerra, bajo el liderazgo de un estadista providencial, Franklin Delano Roosevelt, consciente de que no había alternativa para la victoria a cualquier costo. Europa estaba vencida y postrada, y restaba apenas la luz del farol de la resistencia británica. El Oriente había sido barrido por el feroz dominio japonés en expansión, aparentemente imposible de contener.

     El aparato propagandístico estaba plenamente movilizado para apuntar los horrores del nazifascismo, el genocidio del holocausto, el ridículo sinistro del Füehrer y del Duce... y la supuesta inferioridad genética de los japoneses, llamados con desprecio de “japs”, actitud que se podía esperar de un país que, defensor máximo de la democracia y de la libertad practicaba, paradójicamente, la discriminación racial. Con respecto a la profunda divergencia ideológica en relación a la Unión Soviética, agravada por el Pacto Ribbentrop-Molotov que permitió la invasión de Polonia y, consecuentemente, la conflagración de la Segunda Gran Guerra, que se consideraba adormecida en ese momento por la alianza con Stalin y simbolizaba, en los vehículos oficiales de propaganda en los Estados Unidos, el heroico sacrificio de un pueblo martirizado por la máquina militar del Reich.

     Joven, llegaba yo así a un gran país joven y fuerte, defensor del bien contra el mal, contrastante con los “decadentes” valores de una Europa gastada, exhausta, donde rondaba, suelta, la bestia apocalíptica del nazifascismo. Fue considerable el impacto que recibí. Las artes, la literatura, la música – appanage de Europa – eran herencias que debían ser reverenciadas y preservadas, sin duda alguna. Pero el futuro, el brave new world, estaba allí, en los Estados Unidos de Norteamérica.

***

     Roosevelt escogió a Truman como compañero de plataforma política en su última elección presidencial, fallece y, repentinamente, aquel personaje sin mayor significado político, la propia encarnación del hombre común, del man of the street, se ve alzado, atónito, casi disculpándose, a la cúspide del poder mundial, en el ejercicio del cual, sorprendentemente, se comportó como un auténtico estadista, dejando su nombre registrado en la historia como uno de los mayores Presidentes de los Estados Unidos. Un amigo norteamericano me dijo una vez durante la presidencia Eisenhower, que con sus tres últimos presidentes los Estados Unidos habían aprendido las siguientes verdades: con Roosevelt, que se puede elegir un presidente cuantas veces se quiere; con Truman, que cualquiera puede ser presidente; con Eisenhower, que ni siquiera se necesita un presidente.

     No obstante, Truman comprobó no ser cualquiera. Creció en el poder, alcanzó su madurez, supo ejercerlo. Y nuestro Embajador Carlos Martins vio crecer su importancia en Washington en la presidencia del amigo Truman, que no se olvidó de los tiempos en que era para él un honor ser convidado a nuestra Embajada. En el mundo artístico e intelectual, la Embajadora Maria Martins, buena escultora, con un agudo sentido estético, descubridora infalible de nuevos valores artísticos, contribuyó enormemente para fortalecer la situación del marido.

     Apoyado por Getúlio Vargas, de quien era amigo y coterráneo, Carlos Martins, respaldado en su excepcional posición de decano del cuerpo diplomático y embajador del único país latinoamericano que participaba del esfuerzo de guerra, con Osvaldo Aranha como brillante Jefe, inspirado y enérgico de nuestra diplomacia, mucho ayudó para obtener ventajas para el Brasil como, por ejemplo, el establecimiento de nuestra primera usina siderúrgica en Volta Redonda.

***

     La guerra en los dos teatros de operaciones entraba en su recta final en Europa, con la previsible victoria, a corto plazo, de los Aliados. En el Pacífico, aunque el fin era cierto, continuaba temiéndose que la campaña fuese prolongada, contándose con la tenaz resistencia japonesa e incalculable pérdida de vidas. De todos modos, el estado de espíritu de los Aliados era de franca euforia, frente a la perspectiva de salir victoriosos del gigantesco conflicto. Sobre todo, se diseñaba nítidamente un nuevo alineamiento del poder mundial.

     Consecuentemente, se hacía imprescindible e impostergable planear la paz. No apenas un armisticio, sino la paz que eliminaría cualquier posibilidad de una nueva guerra mundial, la paz definitiva y segura, basada en la justicia y la libertad.

     Hoy, cuando atravesamos décadas de paz restringida y aún así, mantenida apenas por el terror de la posibilidad de sufrir una destrucción nuclear, las esperanzas que nacieron a fines de la Guerra, en 1945, parecen ingenuas e irreales. Pero en aquel entonces, en plena euforia de la antevisión del término del más devastador conflicto que el mundo había presenciado hasta esa fecha, todo parecía posible: el enemigo común había sido derrotado por una coalición de fuerzas, con la decisiva participación de una gran potencia, la Unión Soviética, que más bien parecía representar, política e ideológicamente, el mayor peligro para la supervivencia de las democracias occidentales. Aliada y confiable en la guerra ¿por qué no lo sería en la paz? Parecía imposible lograr un modus vivendi con el comunismo, mediante la no-interferencia soviética en los asuntos internos de los países democráticos, ahora que la alianza en la guerra comprobó la necesidad de establecer un entendimiento en la paz.

     Por ende, se convocó después las reuniones preparatorias de Dumbarton Oaks y Chapultepec, a la Conferencia de San Francisco, en abril de 1945, con la finalidad de crear una organización denominada “Naciones Unidas” – nombre creado por Roosevelt y Churchill en el famoso encuentro del Atlántico – mediante la amplia discusión, irrestricta y abierta, del proyecto del documento constitutivo del Organismo.

     La delegación brasileña, al mando de Pedro Leão Velloso, Ministro interino de Relaciones Exteriores, contaba con grandes nombres de nuestra diplomacia, como Carlos Martins, Cyro de Freitas Valle, Antonio Camillo de Oliveira. Los secretarios éramos apenas tres: Henrique Valle, mi compañero en Washington, inteligencia sumamente brillante, Carlos Jacyntho de Barros, Vicecónsul en Nueva York, y yo.

     A pesar de la buena composición en el nivel de delegados y uno u otro asesor más capaz, nuestra representación no estaba adecuadamente preparada para una reunión de tal envergadura, y con aquellos objetivos. Le faltaba una directiva común, una planificación de la actuación, una visión del conjunto de los objetivos que se iba a perseguir. Traía apenas una aspiración que, sin embargo, era muy importante: la de que Brasil fuese miembro permanente del Consejo de Seguridad de la futura organización. Seríamos los representantes de América Latina en el supremo órgano ejecutivo de la ONU, posición a la que nos podíamos candidatar justificadamente, por nuestra destacada posición en el continente y dada nuestra participación única y efectiva en el conflicto mundial, entre todos los latinoamericanos, con sacrificios y riesgos que ningún otro país del hemisferio había sufrido ni enfrentado.

     Desconozco si nuestra reivindicación fue defendida con vigor y competencia. Sospecho, sin embargo, que no lo haya sido, porque llegaban a nosotros, modestos secretarios de la delegación. A pesar de nuestras naturales limitaciones jerárquicas, frecuentemente presenciábamos las discusiones y conversaciones de los miembros más graduados de nuestra representación. Consecuentemente, me quedó la impresión de que nuestra actuación en defensa de esta reivindicación no fue de las más combativas. Al mismo tiempo, es justo reconocer que se trataba de una causa sumamente difícil ya que se contaba con la discreta simpatía de los Estados Unidos, que recibía – por ese motivo – la decidida oposición de la Unión Soviética, que veía la probable presencia permanente de Brasil en el Consejo de Seguridad como un refuerzo automático a las futuras posiciones norteamericanas en aquel órgano, de capital importancia para el mantenimiento de la paz y seguridad mundiales.

     El hecho es que nuestra pretensión no avanzó. Además, asentada la composición de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, la batalla que estalló fue por el estatuto del veto, pretendido por los cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China.

     Se trataba de la imposición de un estado especial por los detentores del poder mundial, que se arrogaban un privilegio jurídicamente indefendible, sin duda injusto. No obstante, políticamente indispensable. Era la realidad del poder, con sus varias caras y sus múltiples disfraces, la dura y secular Realpolitik, que renacía bajo el ropaje de siempre: el mundo es como es. El argumento favorable formalmente presentado era apenas uno: sin el veto no habrá Consejo de Seguridad, pues las grandes potencias no se pueden comprometer a obedecer las resoluciones de una mayoría obligatoria, hasta sobre el empleo de sus Fuerzas Armadas; y sin el Consejo de Seguridad no habría la proyectada organización internacional, destinada a mantener la paz y la seguridad mundial.

Brasil, por la voz de Cyro de Freitas Valle, se opuso a la institución del veto, a pesar de la fuerte presión que sufrió de los Estados Unidos. Después, se rindió, como todos los demás.

***      

     Fue mi primera frustración. Llegué a San Francisco joven, sin experiencia, idealista, bajo la fuerte emoción de participar, aunque muy humildemente, en la creación de un organismo destinado a mantener una paz justa y permanente, que alejaría para siempre, la amenaza de un conflicto mundial. No estaba solo en mi ingenuidad: de las tinieblas y horrores del sangriento y gigantesco conflicto surgía una luz de confianza y optimismo en el mundo entero, entre aquellos que no hacen la guerra pero sufren directamente, en la propia carne, sus consecuencias: los hombres y mujeres desarmados, el pueblo.

     En la ciudad de San Francisco soplaba el viento de la esperanza. Se lo sentía al caminar por las calles, al entrar en una tienda o un restaurante, al ser abordado por los transeúntes que nos pedían noticias de la Conferencia, cuando nos reconocían como participantes por el emblema que usábamos. Recuerdo bien mi emocionado espanto cuando una anciana señora me paró en una calle de la ciudad y, tomándome de la mano me besó, diciéndome: “Dios te bendiga, hijo. Estás ayudando a construir la paz para siempre”.

     En esa ocasión, yo ya sabía que esa paz no se estaba construyendo sino que ya había sido acordada para las frías y cínicas realidades del poder. Cualquiera puede imaginarse mi vergüenza. De hecho, no era apenas la institución del veto en el Consejo de Seguridad. Era, en realidad, la Guerra Fría que ya comenzaba en aquel año de 1945, aún antes de terminadas las operaciones bélicas. El famoso discurso de Winston Churchill en Fulton, Missouri, el histórico pronunciamiento del 5 de marzo de 1946, cuando el ex Primer Ministro británico denunció la “cortina de hierro” que bajó sobre Europa, dividiéndola trágicamente, puede considerarse el inicio “oficial” de la llamada “Guerra Fría”. En realidad, ella comenzó, creo yo, en San Francisco.

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     El fin de las hostilidades en Europa, el “VE Day”, ocurrió en plena realización de la Conferencia. Alejado el fantasma de la guerra, surgió ipso facto un nuevo duende: el de la ambición – adormecida por el conflicto – de dominio del mundo por la Unión Soviética, servida por el brazo ideológico del comunismo internacional. En todos los debates a que asistí en la Conferencia, la posición soviética fue siempre una intransigencia irreductible en defensa de sus intereses mediatos. Todos los proyectos de resolución discutidos en la plenaria o en las comisiones eran examinados, discutidos y votados por los delegados soviéticos bajo ese punto de vista, con la repetición, irritantemente agresiva, de posiciones que no eran defendidas con argumentos lógicos y aceptables, sino simplemente con una arrogante reiteración de voluntad, muchas veces sin ninguna explicación. Se tenía la impresión de un rollo compresor que aplastaba todo lo que encontraba por delante, sin detenerse para examinar si estaba siguiendo un curso justo y razonable. La Santa Rusia surgió tonificada y vigorizada por la espantosa sangría que sufrió con la guerra, de la cual parecía haber extraído apenas una lección: la mejor defensa de la patria es la conquista del mundo.

     Molotov estaba al mando de la delegación soviética (substituido en la etapa final por Gromiko, en la época un joven Embajador en Washington), y era el hombre apropiado para asumir esa posición en el campo de las relaciones internacionales, con su implacable frialdad y su absoluta fidelidad a Stalin. Era una reunión de estrellas mundiales, donde se destacaban, principalmente, Molotov por la Unión Soviética, Anthony Eden por Gran Bretaña, y Henri Spaak por Bélgica. Los Estados Unidos contaban con una delegación fuerte, pero un jefe débil en la persona del Secretario de Estado Stettinius, sin experiencia en asuntos de política externa, un empresario de éxito, sonriente, simpático e inexpresivo. Presa fácil en las manos de Molotov. Además, Truman apenas comenzaba a ejercer la presidencia.

     Las primeras discusiones entre la URSS y las democracias occidentales, frecuentes y exasperantes, se mantuvieron a puertas cerradas, en comisiones que la prensa no podía acceder. Paulatinamente, sin embargo, como era inevitable, comenzaron a transpirar, dramatizadas con episodios como el que decía que Molotov se había negado a hospedarse en un hotel, permaneciendo a bordo de un buque de guerra soviético a lo largo de la Bahía de San Francisco, donde se alimentaba exclusivamente con la comida que había traído de Moscú; su comparecimiento a una reunión con Stettinius protegido por una numerosa guardia, armada con ametralladoras que se posicionó a lo largo de las paredes y dentro del recinto del encuentro; su falta de sociabilidad como norma de conducta. Pero el incidente verídicamente revelador para el gran público fue el de la admisión de Polonia en la Organización, lanzada contra la de la Argentina.

     En la comisión directiva o steering committee, se discutía la admisión de ambos países. Estados Unidos se oponía, no a la aceptación de Polonia propiamente dicha, sino más bien al recién instalado gobierno polaco, títere de la Unión Soviética, formado por ésta después de una horrenda masacre de la resistencia polaca en Varsovia por las tropas de ocupación alemanas, en consecuencia de la falta de apoyo deliberada de los soviéticos.  A las puertas de Varsovia, ellos combinaron con la resistencia polaca no comunista que ella se levantaría al mismo tiempo que los soviéticos entrarían en la ciudad.  El levantamiento ocurrió, pero los rusos no llegaron. Esperaron que terminase la masacre de la resistencia para lanzar, al terminar, una ofensiva fulminante que ocupó Varsovia con toda facilidad y en poco tiempo. Instauraron, entonces, un gobierno a su imagen, bajo su pleno dominio. Este era el gobierno que pretendían fuese reconocido y aceptado por la organización que estaba siendo creada.

     La tesis de los soviéticos era cínicamente simple: ¿cómo negar la admisión en las Naciones Unidas, justamente al primer país víctima de la ferocidad alemana, el país donde comenzó la guerra – Polonia? Inútilmente se argumentaba que no se trataba de Polonia como tal, sino del gobierno polaco, tan escandalosamente instalado por la URSS; la delegación soviética repetía siempre la misma tesis hasta el cansancio, sin querer escuchar los argumentos contrarios. En contrapartida – y con el objetivo de crear un impase, Molotov se oponía a la admisión de la Argentina, patrocinada por los Estados Unidos, argumentando que ésta había tomado el partido del Eje en la Guerra y que Buenos Aires se convirtió, durante el conflicto, en un verdadero nido del espionaje alemán, responsable principalmente por la mayor parte de los torpedeos en el Atlántico Sur. En realidad, lo que la Unión Soviética buscaba era lanzar la admisión de Polonia contra la de la Argentina.

     Las discusiones sobre este problema se realizaron a puertas cerradas, en secreto, en una especie de gentlemen’s agreement, para no agravarlo con su divulgación. Hasta que de sorpresa, súbitamente, en una sesión plenaria abierta al público realizada en el Teatro Municipal de San Francisco, Molotov pidió la palabra, subió al palco y, para gran escándalo general, trajo el tema a tona, en una discusión abierta. Comenzó diciendo que iba a hablar en ruso, por ser el idioma de la verdad ( pravda ). A continuación, se lanzó en una apasionada defensa de Polonia y violenta acusación a la Argentina.

     En medio a la más absoluta perplejidad de varias delegaciones, se levantó el jefe de la representación peruana, Victor Andrés Belaúnde, que llegué a conocer bien en Nueva York años después cuando serví en la ONU, y que llegó a ser el Presidente de la Asamblea General de la Organización. Comenzó su discurso improvisadamente, diciendo que hablaría en español, el idioma de la justicia. No atacó a Polonia, sino que se limitó a hacer una apología de la Argentina, de su importante posición en América Latina, de la necesidad de que “el pabellón celeste y blanco ondease al lado de las banderas de los países miembros de la ONU”. Un discurso repleto de floreos retóricos, elocuente, largo, inflamado, con gesticulaciones dramáticas, bien al estilo de Belaúnde, en el cual se refería a San Martín, a la heroica travesía de los Andes, a la gloriosa historia de la Argentina.

     Se levantó entonces Henri Spaak, pidiendo la palabra, fue al palco y, con una leve sonrisa irónica comenzó a discursar en tonos tranquilos y moderados, diciendo: “Señores, habéis escuchado el idioma de la verdad y de la justicia. Permitidme ahora que les dirija la palabra en francés, el lenguaje de la conciliación. Aceptemos el ingreso de ambos países, Argentina y Polonia.”  Fue el mot juste, en el momento cierto. Aplauso general. Allí mismo, se aceptó la propuesta del estadista belga. Sorprendente que no se hubiese llegado a esa solución conciliatoria en las sucesivas reuniones a puertas cerradas. Pero la diplomacia parlamentaria tiene esas cosas: frecuentemente, en el calor del debate público, se obtienen resultados que parecían inalcanzables. Tal como ocurre en la política interna.

***

Los años heroicos de la ONU pasaron, aquellos de inicios del período de la post guerra, cuando la opinión pública y la prensa mundial seguían, con sumo interés, los debates y las decisiones de la Organización. Pasaron también aquellos años en que se reunieron, en la Asamblea General anual de la Organización, como la de 1960 a la que asistí, líderes como Kruschov, Tito, Nasser, Nehru, Fidel Castro. Hoy, a pesar del inmenso progreso de las comunicaciones, de la televisión satelital – este extraordinario instrumento que permite seguir de cerca un conflicto bélico “en vivo”, como fue el caso de la guerra de Irak – la ONU ocupa un espacio muy reducido en los noticiosos. Las Asambleas Generales se realizan año tras año, sin que los periódicos divulguen sus agendas: ni siquiera se sabe lo que se discutió en su seno. A pesar de lo antedicho, la labor que se realiza allí es agotadora, intensa, muchas veces enervante, porque se lucha denodadamente por la aprobación de una frase en un párrafo de un proyecto de resolución, a través de exhaustivas negociaciones, arreglos de bastidores, intercambio de concesiones, delicadezas semánticas, como si algo decisivo estuviese por suceder en consecuencia del texto finalmente aprobado. Recuerdo bien las noches en blanco en que me dediqué de lleno a ejercicios de esa naturaleza. Pero ni siquiera recuerdo más de que se trataba. El discurso se articula meticulosamente, con una esmerada selección de las palabras, sometidas al tamiz de un minucioso examen para evitar (o conseguir) una determinada interpretación semántica – y, finalmente, ser escuchado con parca y dudosa atención, cada uno más interesado en lo que va a decir, que en escuchar lo que los otros dicen.

     En esta atmósfera irreal que frecuentemente se vive en la ONU, los personajes se comportan como si fuesen miembros de un club donde la jerarquía cuenta poco o casi nada, ya que todos se consideran nivelados por la condición de socios: un secretario será más considerado y buscado que un embajador si posee más valor intelectual, más habilidad, más conocimiento de su dossier.

     Tal como en un club, el nuevo socio se siente observado cuando recién llega. Principalmente, cuando hace debuta en un debate. Mucho más aún, si toma la palabra, por primera vez, en la plenaria de la Asamblea General, una prueba de fuego que no perdona a los tímidos. Allí la crítica es implacable e irreverente  por parte de los que “cuentan”, de aquellos que son oídos y acatados, independientemente de su rank como diplomáticos, o hasta de la importancia relativa del país que representan. Tomar la palabra en la Asamblea General es una experiencia emocionante e inolvidable. Por más que la  hubiese repetido, jamás dejé de conmoverme, aislado en el rostrum, frente a aquel vasto plenario, enfrentando las luces de la televisión y de las cámaras fotográficas, principalmente en las ocasiones en que me cupo, por cuatro años consecutivos, abrir los debates de la Asamblea General, como Ministro de Relaciones Exteriores de nuestro país. Brasil tiene ese privilegio desde el primer cónclave, por decisión de la comisión preparatoria reunida en Londres poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, una decisión adoptada como consecuencia de un arreglo de conciliación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que no consentían en conceder, uno al otro, esa primacía.

     A pesar de las vicisitudes de nuestra política interna, Brasil consiguió mantener siempre, gracias a la coherencia y unión de su servicio diplomático, una presencia participativa, efectiva y respetada en la Organización de las Naciones Unidas. No es  inapropiada, por ende, nuestra renovada aspiración de ocupar un lugar permanente en el Consejo de Seguridad, donde ciertamente seríamos un factor de paz, armonía y conciliación como lo es, de hecho, nuestro carácter nacional. Inapropiada no. Pero sumamente difícil de lograr.





Canciller  Mario Gibson Barboza


Presidente norteamericano Franklin Roosevelt




General inglés Montgomery  al mando de las tropas aliadas en la campaña de África




Canciller Oswaldo Aranha




Presidente norteamericano Harry Truman




General norteamericano Eisenhower, comandante de los ejércitos aliados