MISSÕES DE PAZ: A DIPLOMACIA BRASILEIRA NOS CONFLITOS INTERNACIONAIS

Coordenação de Raul Mendes Silva

Brasil Regresa a África
Narración De Un Périplo Por El Continente

Embajador Mario Gibson Barboza


Tudo vale a pena
Se a alma não é pequena.
Fernando Pessoa

A África, no llegábamos como extraños. Todo brasileño, cualquiera que sea su origen étnico, tiene un poco de africano en su forma de sentir, pensar, comportarse, tal cual tiene también un poco de portugués, indio, árabe, judío, español, italiano etc. Quizás no tengamos plena conciencia de ello – y es bueno que sea así, en un país de mestizos por la sangre pero, sobre todo, como lo comprobó excesivamente Gilberto Freyre, de mestizos por la cultura.

Para una aproximación realista con África, traté de tomar en cuenta ciertos factores culturales y afectivos. Partía de la convicción de que había llegado el momento, para Brasil, de colocar en nuevas bases sus relaciones con el Continente africano.

Seleccioné el área por donde comenzaríamos a intensificar nuestra presencia diplomática, considerando la situación geográfica, la tradición histórica y el parentesco cultural – lo que nos imponía, naturalmente, que concentrásemos los primeros esfuerzos en los países Atlánticos. Allí daríamos el impulso inicial, para aproximarnos después también de otras áreas del Continente africano.

En realidad, la aproximación con África no era un dato nuevo para Brasil, ya que hasta fines del Imperio la relación entre ambas costas del Atlántico Sur, fue intensa. ¿Por qué, entonces, se interrumpieron los contactos? Porque el proceso colonial europeo cortó este intercambio. La división de África en una colcha de retazos por las naciones europeas y el sistema implantado en su seno, aumentó considerablemente las distancias entre las fronteras físicas de Brasil y las de África Atlántica, nuestros “vecinos del este”, como los llamé.

Un buen ejemplo es el antiguo Benin, estado africano cuya historia conocida se desenvuelve desde por lo menos el siglo XII hasta fines del siglo XIX, y que se hizo célebre por sus famosas esculturas de bronce, consideradas uno de los puntos más altos ya alcanzados por el arte universal. En 1824, el Obá (rey) de Benin y su vasallo, el Obá Agan, de Onin (actual ciudad de Lagos) fueron los primeros soberanos a reconocer la independencia de Brasil.

En el caso de la África Atlántica, la vecindad con el Brasil no es apenas geográfica; sino también espiritual y sentimental. Que no se diga que estos son valores secundarios en el mundo moderno, y en el plano de las relaciones internacionales. El hecho político se ve influenciado también por factores espirituales, por la identidad o semejanza de la historia, idioma y costumbres.

Una de las iniciativas preparatorias del viaje a África fue invitar al Jefe Sir Anthony Enahoro, en ese entonces Ministro de Informaciones de Nigeria, a visitar oficialmente Brasil. Él era descendiente de aquel Oba de Benin que había reconocido la Independencia de Brasil. Deliberadamente, logré que su viaje terminase en Brasilia, después de haber visitado a Bahia. Allí, en la larga charla que mantuvimos me contó, impresionado, que él y sus compañeros de comitiva habían encontrado vivas, en Salvador, las tradiciones nigerianas: pudieron hablar en ioruba con algunas personas, presenciaron rituales de candomblé idénticos a los más auténticos de Nigeria, comieron platos cuya composición y sabor eran iguales a los servidos en sus residencias particulares. Sintieron en forma mercante, la presencia africana en el Brasil.

Ex profeso, anticipo aquí un episodio ocurrido más tarde en Lagos, durante mi visita a África, cuando fui recibido por el Presidente Gowan, un negro alto, fuerte y jovial, que a modo de saludo, me dijo: - Welcome home. Alentado por esa recepción tan cordial, y ansioso de marcar lo que esperaba fuese un punto a nuestro favor, le dije: - El Jefe Sir Anthony, se sintió muy a gusto poco tiempo después de llegar a Brasil, cuando observó que podía comunicarse en ioruba en el estado de Bahia. El General Gowan, que era de otra tribu y no hablaba ioruba, me replicó, para mi gran desilusión y bochorno: - Es verdad, el Jefe Sir Anthony habla muchos idiomas. Mi historia no lo impresionará, como si fuese normal hablar ioruba en un país latinoamericano...

La visita a África fue elaborada pormenorizada y meticulosamente, durante mucho tiempo, en todos sus aspectos. El grupo de diplomáticos formado en 1972 por el Instituto Rio Branco, por ejemplo, en vez de ser absorbida inmediatamente por la rutina burocrática, recibió la incumbencia de realizar investigaciones y preparar informaciones a respecto de cada uno de los países que serían visitados, recopilando datos básicos sobre la respectiva historia, condiciones políticas y económicas, relaciones internacionales y con la antigua metrópolis.

Debo destacar, en todos los aspectos de esa importante iniciativa de política externa de llevar a cabo la abertura para África, la competente, inspirada y entusiasmada colaboración que recibí de Alberto da Costa e Silva, en ese entonces mi Oficial de Gabinete, hoy Embajador, gran especialista y estudioso de las culturas y civilizaciones africanas.

También debo destacar la inestimable colaboración que recibí del Embajador André Teixeira de Mesquita, mi Jefe de Ceremonial que en esa, como de hecho en todas las visitas oficiales que realicé, ejecutó un trabajo perfecto cuanto a su preparación y ejecución atañe.

La parte logística propiamente dicha, también exigía una planificación cuidadosa, desde la selección del orden en que deberían ser visitados los ocho (después nueve) países, hasta obtener el medio de transporte apropiado que no me obligase a gastar tiempo excesivo con las idas y venidas, como sería el caso si viajase usando aerolíneas comerciales. Todo esto, debido al hecho que uno de los resquicios de la filosofía que predominó en la era colonial, fue no proporcionar comunicaciones directas y modernas entre las posesiones, ya que todo debía pasar – obligatoriamente - por la metrópolis. ¡En muchos casos, para viajar de un país a otro vecino, había que viajar primero a Europa! Si hubiese usado los medios de transporte comúnmente utilizados en aquella época, hubiera llevado no apenas un mes – como me llevó – para visitar sucesivamente los nueve países, sino tres. Además, era importante que la visita se realizase en bloque, sin interrupciones, para que el viaje fuese encarado como una acción deliberadamente colectiva.

De hecho, en cada uno de los países que visité, ya sabían de las visitas anteriores y de las siguientes. El viaje comenzó a vislumbrarse, primordialmente, como un gesto de apertura de la política externa había el continente africano, más que un mero conjunto de visitas bilaterales. Justamente la interpretación que más nos convenía.

Me sirvieron, entonces, la gentileza y generosidad del Ministro de Aeronáutica, General de Brigada Joelmir Araripe, que me cedió su avión, un Viscount, que había servido a la Presidencia de la República en gobiernos anteriores, perfectamente adecuado para mis propósitos: además de los asuntos normales, para la delegación y para los periodistas brasileños (caso contrario ellos no podrían hacer la cobertura del viaje) en el avión había un despacho para trabajar y una cabina con lecho. Entre un país y otro yo podía, por ende, cerrar diferentes asuntos del país que acababa de visitar con mis colaboradores, y prepararme para el próximo, comenzando por los nombres de las personas con quienes iba a hablar, sus características políticas, culturales, económicas etc.

Costa de Marfil, Ghana, Togo, Daomé, Zaire, Camerún, Nigeria y Senegal. Decidí con mi equipo que el viaje obedecería ese orden, menos por cuestiones geográficas (había zigzag en este trayecto), que por factores políticos. Quería comenzar y terminar la misión por dos países políticamente moderados, y más próximos a Brasil.

Costa de Marfil

La Costa de Marfil, nuestra primera escala, era un país, por ejemplo, que abogaba a favor de una posición de negociación con Portugal en relación al problema colonial, similar a la de Brasil; al mismo tiempo, era bastante activo en la Organización de la Unión Africana.

La llegada a Abidjan excedió nuestra expectativa. El Presidente, Felix Houphouet-Boigny, me entregó su palacio residencial para que me alojase en él, y se retiró para su ciudad natal, Iamassucrô, convidándome a ser un huésped allí también. Acepté de buen grado la invitación y bajé, durante el trayecto en Bouaké, para visitar la estación experimental donde se encontraban los reproductores de Ganado Cebú que Brasil había donado al Ministerio de Agricultura del país. Desde ahí seguimos, ya no de avión sino de automóvil hasta Iamassucrô, por sugerencia de Houphouet-Boigny. Fue un viaje largo, de aproximadamente cuatro horas, interrumpido frecuentemente para que pudiésemos bajar del automóvil y fuésemos homenajeados por las tribus locales, que nos aguardaban al margen de la carretera. Aclamaciones, vivas, el sacerdote de la tribu bendiciéndonos con señales cabalísticas de bienvenida. Entrábamos en el automóvil y, diez minutos después, llegaba otro grupo, otra nación. Parábamos nuevamente y recibíamos las mismas manifestaciones. Evidentemente, esta emocionante recepción había sido organizada cuidadosamente.

Cuando llegamos a las cercanías de Iamassucrô, me pidieron que entrásemos a la ciudad a pie. Iamassucrô es la capital de la nación Baulê (hoy de la propia Costa de Marfil) de la cual Houphouet-Boigny era rey. En ese trecho que hicimos a pie, dos o tres kilómetros, pasamos entre miles de personas alineadas de ambos lados de la carretera, sin interrupción alguna, todas ellas agitando banderas brasileñas y gritando: Vive le Brésil, vive le Brésil! Un homenaje conmovedor, de extremada delicadeza, que demostraba la voluntad de establecer una aproximación mayor con Brasil y, al mismo tiempo, la satisfacción que sentían con la visita, la primera en la historia de los dos países.

Era un comienzo excelente. Al llegar a la casa del Presidente, donde me hospedé, fui recibido por él en el umbral de la puerta, acompañado de todo su gobierno. Mi colega, el Ministro de Negocios Extranjeros, pronunció un discurso de bienvenida.

El Presidente, después de una acogida repleta de amabilidades, me dijo: - Organicé un espectáculo en su honor y el de su delegación. Nos dirigimos después a un vasto patio, en cuyo centro se había armado una tribuna alfombrada de rojo, y tres sillas doradas en la primera fila. Me instalé a su derecha, su esposa a la izquierda, en aquella especie de trono dorado. Atrás, estaban mi delegación, los periodistas brasileños, altos funcionarios del gobierno, etc..

Comenzó, entonces, un hermoso espectáculo de danza. Ellos mandaron a buscar grupos de todas partes de la Costa de Marfil, de todas las tribus, para ejecutar sus danzas típicas. Repentinamente, tuve la enorme sorpresa de ver a uno de los grupos bailando algo muy similar al trevo pernambucano. No pude contener mi emoción. Alberto da Costa e Silva y otros de la comitiva, incluso algunos periodistas, me preguntaron: - Ministro, ¿podemos participar en esta danza? - Claro. Bailen cuanto quieran. Fue así que mi delegación caiu no frevo, literalmente, mezclada a la tribu que bailaba. ¡Maravilloso, inolvidable!
Regresamos a Abidjan, donde las negociaciones diplomáticas y comerciales se desarrollaron sin dificultades. Yo visitaba al Presidente por la mañana, llevándole esbozos de la declaración conjunta y de los acuerdos, discutíamos los textos y después ambas delegaciones se reunían y formalizaban los actos.
Establecimos un estrecha relación personal, a tal punto que, meses después, Houphouet-Boigny me despertó dos veces de madrugada (sin darse cuenta del huso horario), para pedirme que diese instrucciones a la delegación brasileña en la Conferencia de Cacao en Londres, para que Brasil entrase en un acuerdo con la Delegación de la Costa de Marfil. - Queríamos que usted consiguiese que su país cambiase de posición, me pedía. – Creo que se equivoca, Presidente. ¡Pero voy a informarme y lo llamo más tarde! – le respondí. De hecho, la posición brasileña era correcta.

Lo llamé por teléfono y le aclaré el asunto. El me respondió: - Ahora entiendo. Usted tiene razón. Voy a dar instrucciones para que mi delegación cambie su punto de vista para alinearse con el Brasil. Donde antes no había diálogo, ahora se creaba una relación de confianza. Al partir, lo invité a venir a Brasil.

– Me resulta difícil salir de aquí– respondió. – No puedo alejarme. Pero mi esposa irá. Y de hecho, vino. Era hermosa, elegante, con gestos refinados. Asistió al Carnaval cariocay visitó Brasilia.

No corresponde referirme aquí a los discursos pronunciados durante el viaje a África. Creo, no obstante, que vale la pena citar un trecho de mis palabras en la Costa de Marfil, por ocasión del banquete oficial que me fue ofrecido:

- Reencontramos ahora en el Atlántico un nuevo vecino. Si, en el pasado esta proximidad estuvo a servicio de un tráfico odioso, nos cabe ahora colocarla en el presente, a servicio de las grandes aspiraciones humanas del progreso integrado, la prosperidad compartida, y una convivencia armoniosa, con paz permanente.

Si lo hacemos, daremos una respuesta justa al gran sueño de un hombre africano, al Mansa de Mali, Abubakar II que, a comienzo del siglo XIV, trató de alcanzar la otra extremidad del mar circundante. Como la primera tentativa de llegar a las tierras del otro lado del océano fracasó, él organizó una nueva expedición con dos mil barcos frágiles, y partió mar adentro, con sus hombres. Nunca regresó.

Daré ahora respuesta a la prodigiosa audacia de su proyecto. Para hacerlo, diré que del otro lado del océano existe un país llamado Brasil, un país cuyos brazos están abiertos para África, un país con tres fuertes raíces, una de las cuales es africana.

La Costa de Marfil fue un buen comienzo. Tal cual esperaba, las noticias de nuestro viaje repercutieron en el Continente, a través de los tambores de la selva: salían en los periódicos de todos los países africanos y eran el tópico tratado en los contactos telefónicas entre sus gobiernos.

En aquella primera escala, acumulé fuerzas para las dificultades que sabía iba a enfrentar en Ghana, el segundo país del trayecto, cuyo perfil político y activa militancia radical en el seno de la Organización de la Unión Africana y en la ONU dejaba vislumbrar, desde la época del gobierno socialista de Nkruma, una visita difícil y dura.

Ghana

Fui recibido en el aeropuerto de Acra por el Ministro de Relaciones Exteriores, General Nathan Aferi. Era la imagen típica de un oficial inglés, en negro: caminando con la misma postura de los militares británicos, el tronco erguido y ligeramente inclinado hacia adelante, un bastón debajo del brazo, divisas rojas sobre el uniforme caqui, cortesía fina pero no efusiva con fuerte acento oxfordiano.

- My dear colleague, dijo al recibirme. Y continuó proponiéndome un almuerzo informal, con nuestras respectivas delegaciones, para conocernos mejor.

Partimos directamente del aeropuerto para el lugar que nos había reservado, a la orilla del mar. Al entrar, noté una enorme estatua de Xangô al lado de la puerta. – Estoy en casa, pensé.

El General Aferi me llevó hasta la mesa llena de platos con comida (era un self-service) y me dijo: - Mandé preparar un almuerzo típico, como usted seguramente no conoce. Esta es la forma en que comemos aquí. Lamentaré mucho si esa comida le desagrada, pero es así que comemos. Y no queremos fingir ser lo que no somos.

Percibí que se trataba de la primer prueba, entre varias a que sería expuesto. Allí llegaba yo, blanco, con una delegación de blancos (apenas el médico brasileño que nos acompañaba era negro) a proclamar que en el Brasil no existía discriminación racial, y que nos sentíamos orgullosos de nuestras raíces africanas. - Vamos a desenmascarar esa gente, debe haber pensado.

– Tengo enorme placer de descubrir una nueva culinaria – respondí. Aproximándome, vi que las ollas de barro sobre la mesa contenían cosas que me eran familiares desde mi infancia en Pernambuco, tal cual me ocurrió durante mis visitas a Bahia: todo flotando en una espesa capa de aceite de dendê. En mi fuero interno, me dije: hasta que me gusta el vatapá, caruruetc., pero la abundancia de este dendê para el que acaba de llegar de un viaje en visita de trabajo y va a dedicarse a otro, ciertamente difícil … Paciencia y coraje. Vamos a seguirle el juego.

Después de ayudarme y servirme abundantemente, me condujo hasta la mesa principal y me dijo, con un aire indiscutiblemente sarcástico: - Es probable que sea demasiado picante para usted. Probé, y realmente era bastante picante. Pero no podía rendirme. Resolví enfrentar el desafío y pasar al ataque.

– ¿Cómo lo encuentra? – pregunto

– Francamente, no me gusta.

– ¡Ah, yo sabia que usted no aguantaría algo tan picante!

– No, no es eso. Lo que pasa es que es muy poco picante para mí. En mi país se come esto mucho más picante...

- ¡No puede ser!

- Sí.

Ahí dijo, en voz alta:

- El Ministro cree que este plato no es suficientemente picante. Probó.

- Pero está muy picante.

- No lo siento. ¿Puede hacerme el favor de pedir que traigan más pimienta?

“Todo por Brasil” pensé. Me puse los anteojos de sol, porque sabía que iba a llorar. Trajeron la pimienta y él mismo me sirvió, abundantemente, sin piedad. No sentí más el sabor de la comida, de tan picante que era. Comencé a lagrimear, pero él no se dio cuenta, abrigado como me encontraba detrás de los anteojos oscuros. Fingía que estaba medio resfriado, y me enjuagaba los ojos.

- ¿Que tal ?

- Ahora está perfecto.

En ese instante se dirigió en voz alta a su equipo:

- The minister likes pepper. That’s my man ! Me dio unos palmaditas sobre mis espaldas y actuó cordialmente. – Realmente, es uno de los nuestros. Come pimienta y come nuestros platos.

Yo le respondí: - Esto es normal para mí. En mi casa, como esto todos los días.

Al llegar al postre se levantó con una taza de champagne en la mano: - Minister, sir, voy a brindar en su honor a la manera de Ghana. A continuación derramó un poco de champagne en el cenicero que tenía delante, diciendo: - A nuestros antepasados. Después levantó la taza. – A su salud, que tenga un viaje muy feliz.

Me levanté y le respondí:

- Estimado Ministro, señores. Me siento profundamente desilusionado con lo que acaba de hacer mi eminente colega. El Ministro de Relaciones Exteriores de Ghana. Es extraordinario que en el Brasil, hayamos preservado, mejor que ustedes, las tradiciones de este país… Lamento ver que las tradiciones de este noble país, de quien recibimos influencias tan importantes, se hayan perdido aquí, o se hayan modificado, mientras que nosotros las conservamos en el Brasil en toda su pureza. Con estas palabras, quiero decir: no bebemos en honor de nuestros antepasados, sino en honor a Xangô. Y de la siguiente forma. Permiso.

Tomé la taza de champagne, atravesé la sala entera y, en uno de los rincones, derramé el champagne y dije: - ¡A Xangô !

Regresé a la mesa: - Y ahora bebo a su salud. Fue un pandemonium. Él se levantó y dijo:

- Le pido disculpas al Ministro de Brasil. Realmente, es una vergüenza que nosotros hayamos llegado a ese punto de degradación de nuestras tradiciones. Observe, Señor jefe de protocolo, tome nota. De ahora en adelante, en todos nuestros banquetes, es así que haremos.

Efectivamente, días después, en el banquete oficial que me ofreció, lo hizo. Se levantó de la mesa, fue hasta el rincón de la sala, derramó champagne y gritó: - ¡Xangô!

Evidentemente, esto creó una situación mucho más favorable que la que existía a mi llegada. Sin embargo, las dificultades no habían acabado. Apenas habían comenzado.

Terminado el almuerzo, Aferi me llevó directamente para conversar oficialmente en su Ministerio. Allí, mi colega de Ghana, en presencia de nuestras delegaciones, me reprehendió, violentamente, en términos sorprendentes y absurdos, sobre la actuación de Brasil en relación al problema colonial portugués en África.

– No podemos admitir que un país como Brasil, con sus influencias africanas, como usted nos ha dicho y acabó de probar, esté aliado a Portugal de la manera que lo está, en su guerra colonial. Por ejemplo, los prisioneros tomados por Portugal en Guinea, son llevados para Brasil donde se los coloca en campos de concentración y se los tortura hasta la muerte. Todo el armamento en esta guerra es suministrado por Brasil. Además, ustedes están a punto de firmar con Portugal y África del Sur un Tratado de Defensa del Atlántico Sur.

Escuché todo callado, sin interrumpir a mi interlocutor. La desinformación era tan enorme que, a partir de un cierto momento, dejé de preocuparme. Porque era fácil refutar acusaciones tan alucinantes como aquellas. Si fuesen alegaciones de otra naturaleza, basadas en argumentos construidos inteligentemente, mi posición podría mejorar. En este caso, la tarea era relativamente fácil: bastaba decir la verdad.

– ¿Puedo hablar, mi estimado colega? Quiero decirle que no hay una sola palabra de verdad en lo que usted ha dicho. Nada. ¿Cómo es que lo supo? ¿Quién le informó de cosas tan absurdamente falsas? ¿Cómo es que usted puede vehicular acusaciones tan irresponsables? Le propongo algo, venga a Brasil y vea personalmente, o mande a alguien de su confianza. Nunca nadie nos acusó de eso antes, usted es el primero, créame. Cuanto al tan famoso Tratado del Atlántico Sur, estamos en contra y jamás lo aceptaremos. Le doy mi palabra de honra. Y estoy listo a firmar un desmentido de todas las acusaciones que usted acaba de formular.

– Bueno, realmente no tengo pruebas, no tengo elementos de información más seguros. Pero eso es lo que me dijeron…

– Lamento, pero por otro lado me satisface que me brinde esta oportunidad para desmentir acusaciones completamente falsas.

Este hecho, por sí solo, ya hubiera justificado mi ida a África: poder desmentir personalmente mentiras tan crasas, con el poder de convicción de quien sabe que está diciendo la verdad. El me dio crédito. Y nuestra relación, de ahí en adelante fue fácil y amistosa. Tiempo después, vino a Brasil en una visita oficial por invitación mía, cuando ya no era ministro. Se sintió encantado con nuestro país, estuvo en Rio, São Paulo, Brasilia, Bahia, tejiendo calurosos elogios a la cordial convivencia entre blancos, mestizos y negros. Al despedirse, me confesó: - Cuantas estupideces le dije a su llegada a Ghana. Fue bobo de mi parte. Pero yo lo hice en parte para provocarlo. Quería saber hasta que punto, desmentiría las acusaciones.

En dicha ocasión, Ghana acababa de atravesar un brusco cambio de gobierno. Una junta militar estaba en el poder, todos los miembros del gobierno eran militares. El jefe de la junta, joven aún, el Coronel Ignatius Acheapong, era una persona sin experiencia y desinformado, como pude comprobar. El diálogo más importante fue con mi colega. Aferi.

Tal cual había ocurrido en mi visita precedente a la Costa de Marfil, negocié y firmé con el Ministro de Relaciones Exteriores de Ghana una declaración conjunta importante y de gran alcance, así como acuerdos de comercio y cultural. Las declaraciones conjuntas que firmé con los Ministros del Exterior de los países visitados durante mi viaje a África, obedecieron un formato más o menos idéntico, subrayándose en uno u otro caso, naturalmente, alguna peculiaridad local.

Consecuentemente, las declaraciones contenían:

– principios generales, tales como igualdad jurídica de los Estados, autodeterminación de los pueblos, no intervención en los asuntos internos de otros Estados, solución pacífica de las controversias, repudio a todas las formas de discriminación racial, social y cultural;

– fortalecimiento de la Organización de las Naciones Unidas;

– transferencia de tecnología de los países industrializados para los países en desarrollo;

– derecho soberano de los Estados de proteger y disponer libremente de sus recursos naturales. En algunos países conseguí que mis colegas concordasen expresamente en consignar “el derecho y el deber de fijar la extensión de su jurisdicción sobre el mar adyacente a sus costas, teniendo en vista la preservación y exploración racional de los recursos de su mar, suelo y subsuelo”. El Gobierno brasileño, apoyado unánimemente por el Congreso Nacional, había decretado la extensión de nuestro mar territorial a doscientas millas; lo que nos estaba sometiendo a una fuerte presión internacional, conforme ya relaté, principalmente por parte de los Estados Unidos. Era importante, por ende, obtener el mayor número posible de apoyo a nuestra posición;

– condenación de las tendencias proteccionistas por parte de algunos países industrializados;

– reafirmación del derecho de los pueblos a la autodeterminación y a la independencia;

– reordenamiento del comercio internacional en bases más justas y equitativas;

– necesidad de establecer estrecha cooperación entre los países proveedores de productos primarios, para obtener precios justos y estables;

– en algunos casos, creación de una línea de navegación del Lloyd Brasileño para puertos locales y estudio del posible vínculo aéreo directo, por intermedio de VARIG.

Otro contacto importante en Ghana fue la visita que hice al rey de los ashantis, en Comaci, una ciudad que hoy tiene una apariencia pobre, pero que fue sumamente importante en el pasado, cuando Ghana era llamada la Costa de Oro (aún hoy es una grande exportadora de oro, magnesio y diamantes, además de ser la mayor productora mundial de cacao). El rey de los ashantis es el jefe de una de las naciones más importantes de África. Tiene gran importancia política, independientemente de los sucesivos gobiernos y regímenes del país y goza de gran autonomía. Me sentí impresionado no sólo por su enorme porte físico (debía pesar unos 150 kilos) sino también por su postura real en todos sus gestos. Me recibió sentado en su trono, cubierto de collares y pulseras de oro, conversando, en más de un idioma, cortésmente, pero guardando la distancia típica entre un rey y un plebeyo. Combinamos intercambiar misiones culturales, discutimos cuestiones comerciales y acertamos posiciones conjuntas en los foros internacionales

Togo

Los países siguientes en mi recorrido, Togo y Daomé, eran quizás los más próximos, culturalmente y por lazos consanguíneos, al Brasil.

En Togo, yo esperaba encontrar fuertes vínculos históricos, culturales y hasta familiares. Pero las identidades que encontré fueron mucho mayores de lo que imaginaba. Ya en el aeropuerto, además de las autoridades, había un grupo de personas que decían ser de la “Nación Barbosá”, hombres y mujeres negros que habían ido a recibirme como parientes míos.

Nos aguardaban sorpresas aún mayores en Atuetá, una pequeña ciudad que el Ministro de Relaciones Exteriores de Togo, Joachim Hunledé, hizo cuestión de colocar en mi itinerario. Atuetá fue fundada en el siglo XIX por el brasileño Joaquim de Almeida, abuelo de la esposa de Hunledé. A la entrada de la pequeña aldea, hay un monumento en su memoria, en el cual se lee que llegó del Brasil en 1835 y fundó aquella villa. Hunledé era, por ende, nieto por afinidad de un brasileño que fundó una ciudad en Togo.

Poco antes de llegar a Atuetá, almorzamos en un placentero restaurante, a la orilla de una playa muy parecida con las nuestras del Nordeste, como son casi todas las playas de África Occidental que visité: cocoteros, arena, y un mar verde. Para mí, era como si estuviese en casa, en Olinda. Antes del almuerzo se aproximó una embarcación con músicos y bailarines, desparramando flores al mar. Parecía una de nuestras procesiones marítimas, una de aquellas fiestas a lo largo de la Bahía. No pude contenerme: salté para la arena y fui a recibir el barco. Durante el almuerzo, al ritmo de la música, con gran predominancia de instrumentos de percusión, mi comitiva, incluso los periodistas brasileños, comenzó a bailar con los africanos. El Embajador de Francia, sentado a mi lado, cuando vio aquella confraternización de los brasileños con los africanos, me miró y dijo: - Ustedes, brasileños, son imbatibles aquí en África. Mi Primer Ministro, Georges Pompidou, vendrá a visitar Togo y otros países de África el mes próximo, y estoy preparando la visita con el máximo esmero. Pero eso, no lo podemos hacer, no podemos bailar con ellos, no sabemos cómo hacerlo. Los brasileños tienen un trazo africano en su formación; no se puede competir en eso con ustedes. Él decía eso no sólo con seriedad sino hasta con una cierta preocupación, receloso de la comparación que pudiese hacerse entre nuestra visita y la de Pompidou. Todo eso, a pesar del hecho de que Francia mantenía un vínculo estrecho y permanente con sus ex-colonias, ya que la descolonización francesa, gracias al genio de De Gaulle, fue la más sabia: encaminó pacíficamente, siempre que pudo, la autonomía política de las colonias y mantuvo con ellas fuertes lazos económicos y culturales. El Embajador de Francia en esas ex colonias, por ejemplo, gozaba de statusespecial como decano automático del cuerpo diplomático, independientemente de su antigüedad en el puesto, tal como sucede con el Nuncio Apostólico en los países católicos.

En la ciudad de Atuetá habían preparado un espectáculo folclórico de baile. Me senté al lado de mi colega togolés, que me explicó: - Esa es una danza que no sabemos lo que representa. Algo tradicional de aquí. Y ellos cantan en una lengua que no se bien cual es. De vez en cuando me parece reconocer una palabra, pero después no consigo saber de que se trata. Le respondí con una sonrisa:: - Mi estimado colega. Ellos están bailando un bumba-meu-boi cantado en portugués. Estaba sorprendido: - ¿Ah, realmente? Aquí nosotros lo llamamos la burrinha. Burrinha es el nombre que también se le da, en ciertas partes del Nordeste brasileño, al bumba-meu-boi. Agregué: - Esto es un bumba-meu-boi cantado en portugués, una danza que conozco desde la infancia en mi provincia natal, Pernambuco. Es un espectáculo que me es familiar, hasta conozco los versos. Y comencé a traducirle las estrofas que cantaban. Algo extraordinario como prueba del vínculo mantenido con el Brasil, a través de los ex esclavos que retornaron a las playas de origen.

Las conversaciones oficiales y la elaboración de los puntos de la declaración conjunta Brasil-Togo transcurrieron sin dificultades, con pleno entendimiento en los aspectos políticos y comerciales, resaltándose la necesidad de mantener una estrecha colaboración ente ambos países en el Convenio Internacional del Café, así como en la defensa de las cotizaciones mundiales del cacao.

Daomé

La ida a Daomé (actual Benin) fue precedida de un accidente embarazoso durante el recorrido: debido a un golpe de Estado, el gobierno cayó pocos días antes de la fecha prevista para mi llegada. Si hubiese cancelado la visita, lo hubieran tomado como un acto hostil contra la nueva situación. Si la mantuviese, estaba reconociendo, ipso facto, el nuevo gobierno. Cualquier actitud hubiera tenido sentido político. Decidí mantener la visita, porque habíamos terminado por reconocer el nuevo gobierno, que se encontraba en el dominio de la pose incontestable de la situación. El país estaba pacificado, no había ninguna resistencia. El nuevo gobierno se había comprometido, como de costumbre, a cumplir los compromisos internacionales del país. Por ende, reconocerlo por intermedio de mi visita, no presentaba ningún inconveniente. Resolví ir. Naturalmente, la situación aunque pacífica, continuaba llena de tensión; y el gobierno ni siquiera estaba plenamente constituido, lo que no dejaba de dificultar mis entendimientos. Por otra parte, cancelar la visita hubiera sido un acto poco amistoso, pudiendo ser explorado como interferencia en la vida interna del país.

En Daomé hice unas visitas sumamente interesantes e importantes. Saliendo de la capital, Cotonu, primero fui a una ciudad lacustre en el interior del país, llamada Ganvié. Una experiencia realmente inolvidable. Salimos en lanchas a motor, mi delegación y los periodistas brasileños, y perdimos de vista las orillas del lago hasta que, del Centro Oeste, comenzamos a vislumbrar en el horizonte, unos puntos que se aproximaban. Era una flotilla de pirogascon personajes en trajes ceremoniales, llevando lanzas y escudos. Cantaban y danzaban dentro de las pequeñas y estrechas embarcaciones, gritando vivas a Brasil. Rodearon nuestros barcos y nos llevaron a la ciudad, en el medio del lago que no tenía puentes ni ninguna conexión con la tierra, todas las casas estaban construidas sobre palafitas. Allí nos esperaban los habitantes de la pequeña comunidad, ellos también en frágiles embarcaciones, cantando y danzando. Un momento glorioso, en aquella luminosa mañana de sol y alegría, con nuestro barco rodeado de pirogas, que nos conducían por las calles que no eran otra cosa sino canales, a veces más estrechos, otras más anchos. Todo era fiesta, una fiesta de bienvenida, en que la comunicación no se hacía por discursos ni palabras, sino a través de la música, la danza y por las sonrisas.

Me conmovió aquella exuberante hospitalidad. Pensé cuanto debíamos a esa alegría de vivir que recibimos de África, que incorporamos a nuestra manera de ser y que explota en nuestras fiestas populares, de las cuales el ejemplo más notorio es el Carnaval.

Regresamos a tierra firme y, de automóvil, continuamos el viaje para visitar al rey de Abomei, al Nordeste del Daomé. Allí fui recibido oficialmente, en el Palacio Real, por el monarca y su corte. Un palacio de adobe, pobre, humilde, suelo de tierra batida. Pero el Rey de Abomei era una importante personalidad, respetada en el país. Sus antepasados tuvieron un comercio de esclavos muy intenso con el Brasil, a través del entrepuesto de São João do Ouidá, São João da Ajuda, una pequeña aldea a la orilla del mar, desde donde se embarcaban los esclavos para el Brasil, en su mayoría ofrecidos por el propio Rey de Abomei. Para los africanos, la crueldad de la venta de los esclavos era relativa, ya que era la alternativa para ejecutar, sumariamente, al guerrero derrotado.

En los primordios del siglo XIX, cuando Brasil todavía era una colonia portuguesa, había sido capitán mayor en São João da Ajuda un mulato bahiano, Francisco Félix de Souza, que se hizo muy famoso localmente. Instalado oficialmente en el fuerte a las orillas del mar, pocos años después se convirtió en el xaxá de Ouidá (el xaxá es una especie de rey). Amigo del Rey de Abomei, intercambian con él armas por esclavos. Se hizo muy rico. Tuvo muchas mujeres y dejó una descendencia muy numerosa.

Fui recibido por varios de sus descendiente cuando visité Ouidá, después de Abomei. La casa principal continuaba en pie, habitada. En el amplio cuarto matrimonial hay un enorme lecho de jacarandá-da-Bahia, traído de Brasil por el xaxá, que está enterrado al lado de la cama, en un túmulo con lápida de mármol, en la cual se lee una inscripción en portugués, que dice: “Aquí yace el xaxá Francisco Félix de Souza.” En esa casa me rindieron homenaje con un desfile carnavalesco en su patio de tierra. Un Carnaval brasileño de comienzos de siglo. Tipo entrudo o jolgorio, con desfile de máscaras, actualizado con la máscara del General De Gaulle...

Cuando serví en la ONU, al participar en las discusiones sobre las colonias portuguesas en África, yo imaginaba a São João da Ajuda como un enclave de alguna importancia. Cual sería mi sorpresa al verificar, durante la visita, que la colonia no era sino un fuerte, o mejor dicho, una casa fortificada. Nada más. Apenas eso. A la orilla del mar. ¡Y era por esa casa, que había perdido todo y cualquier significado, que el gobierno portugués estaba luchando en las Asambleas de las Naciones Unidas, como si estuviese defendiendo algo realmente capital! Cuando finalmente se retiraron, los portugueses incendiaron el modesto fuerte. Los habitantes locales se presentaron a apagar el fuego, restauraron la casa y la mantienen hasta el día de hoy como museo, sin ningún tipo de resentimiento, conservando las señales de la antigua dominación, escudo de armas, nombres en portugués, etc., reconociendo el papel que aquella minúscula posesión desempeñó en África, allí recibían agua y víveres, convirtiéndose posteriormente, en un entrepuesto de esclavos destinados a Brasil.

El Rey de Abomei me recibió solemnemente, sentado en un sofá sobre un pequeño estrado. Me invitó a sentarme a su lado. Los ministros estaban de cuclillas en el suelo a su alrededor. El pueblo formaba un cuadrilátero en el suelo de tierra batida, frente a nosotros. El intérprete se colocó entre nosotros y, hablando en francés, me dijo:

– Antes que nada, quiero explicarle que Su Majestad le hizo un gran honor al invitarlo a sentarse en el sofá, a su lado, porque este es un privilegio de la realeza.

– Lo se. Por favor dígale a Su Majestad que le estoy muy agradecido.

– Su Majestad pregunta cómo está el Presidente de la República de Brasil.

– Dígale a Su Majestad que estoy muy agradecido por el interés demostrado por la salud del Presidente
de la República, que me incumbió, muy especialmente, que preguntase por la salud de Su Majestad y de toda su familia.

– Su Majestad agradece la manifestación de interés de su Presidente y le pide que le transmita su agradecimiento. Saqué un cigarrillo, le pregunté si podía fumar, él habló con el Rey que me sonrió, diciéndome con un gesto que podía. Pregunté si el Rey quería fumar. Le dijo algo al intérprete, que me transmitió: - Su Majestad dijo que no fuma, porque hace mal a los dientes. En este momento él llamó al intérprete y le dijo algo que provocó enorme espanto, haciendo que levantase los brazos, en un gesto de quien dice: ¿Cómo? ¡No puede ser! El Rey confirmó con la cabeza. El intérprete se volvió hacia mí:

– Su Majestad me pidió que le comunique que van a danzar en su homenaje.

– Ah, será un enorme placer para mi.

– No. Usted no me entiende. El monarca sólo puede danzar dos veces durante su reinado. Una cuando asume el trono. La otra ocasión la puede escoger. Después de danzar para usted ahora, nunca más podrá volver a danzar. Esto es, por ende, absolutamente excepcional. No puede haber mayor honra ni homenaje. Entonces el intérprete anunció al pueblo que el Rey iba a danzar, provocando con esto un enorme alarido. Todos bajaron la cabeza, para no ver al Rey danzar, conforme manda la tradición, pero percibí que, por el rabillo del ojo, estaban espiando. El Rey se levantó, un hombre enorme, fuerte, corpulento, se sacó el manto, bajó los dos pequeños escalones del estrado, fue hasta el patio de tierra donde dio unos pasos de la danza ritual. Se dio vuelta para mirarme, extendió la mano y me invitó a bailar con él. Bajé, ensayé unos pasos a su lado, mientras pensaba: - Ciertamente es una honra enorme, pero mis buenos amigos los periodistas brasileños me van a sacar fotos y mañana estaré en la primera plana de nuestros periódicos, con el malicioso título: esto es lo que fue a hacer en África: bailar. De hecho, dentro de unos pocos días recibí un periódico brasileño y vi en la primera página, bajo mi foto con el rey de Abomei: Gibson baila en África. Episodios como este pueden parecer folklóricos o hasta cómicos, pero no es así que deben apreciarse, sino con el respeto debido a una cultura de la cual recibimos tantas influencias; ellos representan un aspecto importante de mi visita pionera, pues demuestran la peculiaridad de las relaciones de Brasil con África, o mejor dicho, con la África Atlántica, al Sur del Sahara. Es un ángulo cultural básico, en la búsqueda de nuestra propia identidad como nación.

La visita a África, como la concebí y veo hasta el día de hoy no es, exclusivamente, la apertura de vías de intercambio comercial y cooperación mutua, firma de acuerdos, proclamación de principios generales de convivencia internacional, sino también el reconocimiento y la retomada de una de las raíces de nuestra formación, abandonada por falta de interés o preconcepto de generaciones que se avergonzaban del hecho que éramos un país mestizo. Ignorando que en eso, precisamente, reside uno de los trazos predominantes de nuestra individualidad como nación.

Zaire

De Daomé partimos para Zaire, antiguo Congo Belga, uno de los países más importantes de África por sus enormes potencialidades. Dirigido en esa época con mano de hierro por el General Mobutu Sese Seko Kuku Ngbendu Waza Banga (nombre que adoptó para sustituir el suyo de los tiempos coloniales, Joseph Désiré, marcando una afirmación de nacionalismo chauvinista) teatro del más feroz y sangriento episodio de las guerras de descolonización en el continente africano. Su hermosa capital, Kinshasa, sorprendía apenas se llegaba, por las anchas avenidas, plazas, jardines y atractivas edificaciones, un testimonio a la alta calidad de la colonización belga.

Pocas potencias coloniales hubieran tenido una intimidad tan grande con sus territorios como la tuvo Bélgica con el Congo. Sólo recuerdo el caso de Portugal con Angola y

Mozambique; y de Gran Bretaña con India que, no obstante, fue un fenómeno aparte, marcado por una relación de love-hate: la conciencia de logros fundamentales y un indisimulado sentimiento de culpa, perceptible hasta la fecha para aquel que, como yo, vivió años en Londres.

Cuando serví en la Embajada en Bruselas, pude verificar este vínculo íntimo de Bélgica con el Congo. Difícilmente se encontraba alguien que no conociese personalmente aquella colonia. Curiosamente, verifiqué en el gobierno de Zaire una situación de tolerancia pragmática en relación al colonialismo portugués, a pesar de las posiciones militantemente radicales que asumía Mobutu en el seno de la Organización de la Unión Africana y en la ONU. En Zaire, encontré poco interés por la discusión del problema de las colonias portuguesas, excepto en las prolongadas y numerosas conversaciones con mi colega Nguza Karl I Bond, de quien me hice amigo y con quien comencé a corresponderme. Nguza llegó a decirme una vez que, si permaneciese el inmovilismo de Portugal y, como resultado de ello, se acentuase “la impaciencia africana” Zaire, caso fuese necesario y así lo desease, “no hesitaría ni tendría dificultades en ocupar militarmente el enclave de Cabinda”. El aire, no obstante, con que me hizo una declaración tan grave, me llevó a no tomarla completamente en serio. Se trataba, según percibí entonces, más que nada de un mensaje a Portugal. Un mensaje que di, oportunamente.

Hago aquí, una rápida acotación al margen: cuando visité Zaire, Nguza era, políticamente hablando, el número dos en la jerarquía del Partido (único). Posteriormente, aún como Ministro de Negocios Extranjeros, fue preso por orden de Mobutu y condenado a muerte. Su pena fue conmutada para prisión perpetua, poco después fue perdonado y nuevamente nombrado Ministro.

La tolerancia del gobierno de Zaire al colonialismo portugués se manifestaba, concretamente, a través de una “oficina comercial” de Portugal funcionando en Kinshasa, un país con el cual había roto relaciones al igual que con toda África. En esta oficina, cubierta por la Embajada de España, protectora de los intereses portugueses en el país, trabajaban cuatro diplomáticos portugueses y varios auxiliares administrativos, con inmunidades y privilegios de una verdadera misión diplomática y con acceso directo e ilimitado a las autoridades del país. Donde, de hecho, existía una numerosa y próspera comunidad lusitana, que controlaba una parte sustancial del comercio local. Una solución pragmática, como podemos observar: en la ONU y en la OUA, el discurso era de violenta condenación a Portugal; internamente, todas las facilidades e incentivos al aumento del intercambio bilateral...

Mobutu se encontraba personalmente involucrado en la guerra de la liberación de Angola, en la cual favorecía ostensivamente una de las tres facciones, la de Holden Roberto, su cuñado, que seguía una orientación similar a la del Occidente, especialmente los Estados Unidos. En el caso de Zaire, existían motivos especiales para ese vínculo (además del familiar que, al fin y al cabo, no contaría tanto si no hubiese intereses mayores a preservar): era que Holden Roberto era el jefe de la nación que dominaba el Norte de Angola y el Sur de Zaire, la de los bacongos, en las dos márgenes del Río Congo, separada arbitrariamente por los caprichos de las potencias coloniales, que frecuentemente dividieron una misma nación y juntaron otras irreconciliablemente enemigas, con funestas consecuencias, traducidas en sangrientas guerras civiles, como en el caso de Biafra, por ejemplo.

En mis charlas con Mobutu Sese Seko me impresionó la intensidad de su interés en los asuntos que abordé con él, tanto en el plano internacional como en el de las relaciones bilaterales. Joven aún, deportista, física e intelectualmente ágil, seguro de sí, arrogante, todo él trasmitía autoridad. Vistiendo siempre un safari, con un gorro de piel de leopardo, símbolo de poder y, al mismo tiempo, del partido que controlaba el país, no dejaba de transmitir una cierta simpatía en sus modos enérgicos, pero amables.

Le pedí a mi colega Nguza Karl I Bond, en cierto momento de nuestras charlas, que me explicase cómo funcionaba el partido y cómo se ejercía el gobierno. Me dio una disertación que me permitió observar cuánto se asemejaban, ambos, a los moldes vigentes en la Unión Soviética, como las designaciones de “comisarios” para los ministros, “comité central”, “comité supremo” etc. Me respondió con una risa prolongada e irónica: - No, mi estimado amigo, somos bien distintos, comenzando por el hecho de que el Partido Comunista es un partido de elite y el nuestro, es completamente popular. La población entera del país es miembro de un partido, que es único.

– ¿Pero cómo, no entendí, toda la población? ¿Y si alguien no desea ser miembro del Partido?

– No puede, porque apenas nace es registrado en el Partido. Si, más tarde, renuncia, esto equivale, prácticamente, a la pérdida de la ciudadanía …

Ni Machiavelli llegó a concebir un control tan absoluto por parte del Príncipe. Acompañado personalmente por Nguza y viajando en avión oficial zairense, recorrí una gran parte del país, siguiendo muchas veces el curso del magnífico Rio Congo: visité las obras de la gran hidroeléctrica de Ingá, cerca de su boca e intercambié ideas con él al respecto de Itaipú, ofreciéndole nuestra experiencia en la materia. Fue una de las visitas que produjo desdoblamientos posteriores reales y efectivos, de colaboración en los foros internacionales y de cooperación mutual en varios campos.

Gabón

De Zaire fuimos rumbo al Gabón, que surgió como una sorpresa, una buena sorpresa, sin duda alguna. La visita resultó de una de mis charlas con el Presidente de la Costa de Marfil, Houphouet-Boigny, en su casa en Iamassucrô. En cierto momento de una de nuestras discusiones tête-a-tête, me dijo súbitamente, para mi sorpresa: - Señor Ministro, ¿por qué excluyó a Gabón de su visita a África? – No es así, señor Presidente, no excluí ningún país, por la simple razón que no visitaré a todos y ni podría hacerlo. Simplemente el Gabón no está en mi itinerario, sin que hubiese rechazado cualquier invitación de su gobierno.

– Insisto, que usted debería visitar Gabón, cuyo Presidente es amigo mío.
– Debido a su interés, Presidente, estudiaré mi plan de viaje con el propósito de verificar si puedo arreglarlo. Sin embargo, creo que será difícil hacerlo.
El mismo día, en la mesa del almuerzo, Houphouet-Boignv fue llamado al teléfono. De regreso, me dijo: - Era el Presidente Bongo, que desea hablarle, está en el teléfono. Atendí la llamada. Recibí de él, entonces, una invitación expresa para visitar Gabón. Acepté y tuve que exprimir ese viaje entre Zaire y Camerún, por ende eliminando el único fin de semana libre que había reservado para mí y mi comitiva.
Recibido en Libreville con las honras y cortesías que marcaron, sin excepción alguna, toda la visita a África, mantuve allí encuentros sucesivos con el Presidente, el Ministro de Negocios Extranjeros, Georges Ranviri, el Ministro de Minas, Industria, Energía y Recursos Hidráulicos y el Alto-Comisario para la Cultura y las Artes. Fue una visita breve, que terminó con la firma de una declaración conjunta en los moldes ya mencionados, en la cual se destacó, como addendum específico e importante, “el interés para ambas partes en una participación de Brasil en la exploración petrolífera en el Gabón”, así como la invitación extendida a especialistas brasileños para estudiar maneras de cooperación con el Gabón en el dominio de la exploración mineral en general. Propósitos estos que se materializaron y produjeron frutos reales.

Camerún

De Libreville partimos para Iaundê, capital de la República de Camerún, donde la visita fue breve y sin mayor profundidad desde el punto de vista político. Sirvió, sobre todo, para acertar algunos objetivos comunes con respecto al comercio de café y cacao. De este modo, firmamos una posición solidaria en relación al perfeccionamiento de los mecanismos del Acuerdo Internacional del Café, buscando obtener para los productores precios más justos y mejores, en términos reales. Cuanto al cacao, también combinamos medidas de interés en defensa de las cotizaciones internacionales del producto y acertamos juntar esfuerzos para concluir un acuerdo internacional. Además, decidimos reactivar el acuerdo bilateral de comercio firmado en 1965 y, para ello, convocamos para abril de 1973 una reunión de la comisión mixta en Brasilia. Firmamos, finalmente, dos nuevos acuerdos: uno cultural y otro de cooperación técnica.

Todas las negociaciones corrieron con relativa facilidad, debido a la identificación de intereses entre Brasil y Camerún como productores de materias primas.

Nigeria

De Iaundê viajamos para Lagos, donde nos aguardaba un país de perfil muy distinto, una visita mucho más ardua y, al mismo tiempo, cargada de contenido, no sólo en el campo político, sino también en el comercial, consecuencia, primordialmente, de la gran importancia del país en la comunidad internacional y, específicamente, en África.

Histórica y culturalmente, Nigeria tenía – y tiene – que ocupar un lugar importante en nuestras relaciones internacionales, debido a su gran potencial como mercado consumidor y su eminente posición en la producción de petróleo, lo que le proporciona el desarrollo de un intercambio comercial de importancia materialmente efectiva.

Lazos históricos nos unen desde tiempos remotos. Ya mencioné el reconocimiento pionero de nuestra independencia por los Obás de Benin y de Onin. En Lagos se encuentra el testimonio más elocuente de un curioso fenómeno al contrario: la influencia de Brasil en África. Allí se estableció, efectivamente, una comunidad brasileña constituida originalmente por ex esclavos, sobre todo de Bahia, alforriados o liberados que, al regresar al país de origen, transportaron para allí sus costumbres, técnicas, prácticas del culto religioso, estilos de arquitectura y la propia lengua portuguesa. Se concentraron en un barrio de la ciudad, conocido hasta el día de hoy como el Brazilian Quarter, donde construyeron una mezquita (algunos eran musulmanes) y la primera iglesia barroca, además, en el dominio de la edificación civil, de sobrados, la típica construcción colonial brasileña de dos pisos. Ese barrio se puede visitar, como lo he visitado detenidamente, y tener la impresión de estar en el Brasil, principalmente en el Nordeste. Todos los miembros de esa comunidad, descendientes directos de los fundadores, se visten de manera diferente del resto de la población: los hombres con ropas de brin blanco, camisa blanca, corbata verde, zapatos negros, sombrero de panamá con una cinta verde y la inscripción, en letras amarillas: Brazilian Descendents Association; las mujeres con una pollera típica de bahiana, estampada con un enorme pavo real colorido, bata, torso, collares de cuentas etc.

Todo indica que se quieren hacer notar como dueños de una identidad propia, distinta de las otras nacionalidades que forman el país. Esto me fue confirmado por mi colega, el Comisario para Asuntos Exteriores Okoi Arikpo, que me contó sobre la dificultad que su gobierno tuvo para tratar de convencer a los miembros de la comunidad a registrarse, y a sus hijos, como nigerianos. Insistían que eran brasileños. Finalmente, llegaron a una conciliación: comenzaron a registrarse como … nigerianos brasileños – Brazilian Nigerians.

¿Cómo se explica una fidelidad tan conmovedora al Brasil? Conversé a ese respecto con mi viejo y querido amigo Gilberto Freyre, que ignoraba la existencia de esa comunidad y tuve el coraje de arriesgar una explicación, sin fundamento en una investigación profunda y correcta: aún hoy prevalecen en África, en gran medida, las formas tribales de asociación. Frecuentemente, el Estado, tal cual lo conocemos, constituye una creación artificial que no llega a sustituir la Nación. Consecuentemente, por ejemplo, en la propia Nigeria, la nación ioruba se reconoce más como tal que como nigeriana; lo mismo ocurre en Zaire con los bacongos y los catanguenses (hoy provincia de Chabas); en Nigeria con los biafrenses; y así sucesivamente. Al ser transportados al exterior como esclavos, para el Brasil, los nativos de lo que hoy se llama “Nigeria” acabaron por perder con el transcurso del tiempo sus raíces tribales, el sentimiento de su nación. Al regresar a los orígenes de sus antepasados, verificaron que no pertenecían más a nación alguna o, mejor dicho, que su nación pasó a ser …. el Brasil.

No me siento habilitado a afirmar una teoría a ese respeto. Construí esa explicación por no haber encontrado otra que justificase esa fidelidad a nuestro país, completamente espontánea y gratuita. Gilberto Freyre me escuchó con atención y me respondió que la teoría tenía sentido. Ignoro si llegó a investigar el asunto. En ese Brazilian Quarter fui recibido oficialmente por la comunidad, en su centro cívico por así decirlo, la Casa de Água (Water House) llamada así por haber sido allí que un ex esclavo proveniente de Bahia, hombre inteligente e industrioso, construyó un pozo artesiano, técnica que aprendió en Salvador, desconocida localmente. Comenzó entonces a vender agua potable, acumulando, con ese próspero comercio, una fortuna evaluada en el momento de su fallecimiento, en tres millones de libras esterlinas.

Fui recibido, como decía, en Water House, donde me saludó un negro de apariencia muy anciano, cabellos blancos, discapacitado, con un discurso escrito por él mismo en un portugués ya bastante adulterado, a veces balbuciente, pero aún así comprensible. Fue un momento emocionante. Invité a la comunidad para la recepción de agradecimiento y despedida que ofrecí, como en todos los países visitados. Comparecieron prácticamente todos (no eran muchos, cerca de cien) juntos, en ómnibuses especiales. Todavía los veo, bajando de los ómnibuses organizándose en fila india para saludarme. Extendí la mano para el primero, que se inclinó y me la besó, diciéndome: - Bendíceme, padre. Retiré la mano, horrorizado, sin saber lo que hacer, pero percibí por su mirar, que más chocado había quedado él con mi rechazo, para no decir repulsión. De ahí en adelante, avergonzado, me vi permitiendo que me besasen la mano y diciendo: - Dios te bendiga, mi hijo.

Fue en Nigeria, durante las charlas con mi colega Arikpo, que encontré la posición más dura contra Portugal. Además de la militancia activa y radical del país en las Naciones Unidas y en la Organización de la Unión Africana, Nigeria tenía motivos específicos y especiales para ello: según Arikpo, en el transcurso de la sangrienta guerra civil de Biafra, él mismo fue a Lisboa a reclamar formalmente contra la ayuda que el gobierno portugués estaba dando a los biafrenses, a través de los territorios portugueses, principalmente por São Tomé y Príncipe. Franco Nogueira, en ese entonces Ministro de Negocios Extranjeros, le prometió – según él -, cesar ese tipo de intervención indebida, pero no habría cumplido la promesa. Consecuentemente, Arikpo mantuvo un resentimiento muy fuerte contra Portugal y su régimen colonial en África, comparable únicamente al sentimiento que tenía contra Francia, que intervino abiertamente en el conflicto, tomando partido a favor de Biafra.

Pero ni aún ahí, en Nigeria, me presionaron para que Brasil cambiase su posición respecto al problema colonial portugués, ni percibí cualquier tipo de resentimiento contra nuestro país. Ni en Nigeria, ni en cualquier otro país de los visitados. Obsérvese que era noviembre cuanto comienza la votación, en la plenaria de las Asamblea General de las Naciones Unidas, de la mayoría de los proyectos aprobados en las diversas comisiones. Era el momento, por ende, para que me fuesen formuladas quejas a respecto de la posición brasileña. No recibí ninguna. Por la razón muy comprensible de que estaban más interesados en el probable éxito de la acción mediadora que sabían que Brasil iba a realizar, secretamente, junto al gobierno portugués, que en conquistar otro voto simple en la ONU, a favor de las resoluciones condenatorias de Portugal, Eso me fue mencionado expresamente.

Críticas fuertes al colonialismo portugués, sí, las escuché por todas partes. No obstante, concomitantemente, comprendían y respetaban la posición especial de Brasil en relación a Portugal. Me incentivaban también a continuar los esfuerzos para obtener una solución pacífica – pero no demorada, es verdad – del problema. De resto – y esto me sorprendió, lo confieso – en los periódicos locales, en todas las capitales que visité, era muy escaso el noticiario sobre lo que ocurría en la ONU; en algunos casos realmente, inexistente. No pude dejar de concluir que la actitud internacional de los gobiernos africanos militantes contra el colonialismo portugués, no correspondía necesariamente a la postura con el público interno, para el cual el asunto no tenía importancia prioritaria. Lo que, sin embargo, no implica que no estuviesen dispuestos a pasar de la retórica a la acción.

En el plano cultural, traté con las autoridades nigerianas sobre la participación brasileña en el importante Segundo Festival de Arte Negra y Africana, que se realizaría en Lagos en 1974, porque Brasil había sido distinguido con la honrosa designación para coordinar, como comisario (eran pocos) las representaciones oficiales de un gran bloque de países.

En las negociaciones realizadas, dejamos asentadas importantes y altamente promisorias medidas de incentivo al comercio bilateral que, poco después de la visita, se concretaron en significativas operaciones, traducidas en importantes cifras en el volumen de nuestras exportaciones.

En Lagos sufrí el duro golpe de recibir la noticia del inesperado fallecimiento del Embajador Mário Tancredo Borges da Fonseca, uno de los hombres más íntegros, inteligentes y sensibles que conocí. Mi colega de concurso en el Itamaraty, nos convertimos en amigos, verdaderamente fraternales. La noticia me cayó como un rayo. Él era el jefe del Departamento de las Américas, función que desempeñaba con el brillo, competencia y dedicación que marcaban su personalidad. Confieso que tuve que hacer un gran esfuerzo para continuar mi viaje, abatido por aquella inesperada fatalidad que me trajo la sensación de cuán inútil era el esfuerzo que estaba desarrollando. ¿Para qué?¿Por qué?

Senegal

En Senegal, deliberadamente escogido como la última etapa del viaje, mantuve conversaciones políticas de alta importancia y significado: ahí discutí a fondo el problema colonial portugués. Encontré un interlocutor de alto porte, un verdadero estadista en la persona de Léopold Senghor. Fino intelectual, notable poeta, hombre de vasta experiencia pública, ex senador en Francia cuando Senegal todavía era una colonia francesa, consiguió que la Universidad de Dakar ocupase el tercer lugar en el presupuesto francés después de Sorbonne y Montpéllier, posición mantenida después de la independencia. Lo que no impedía que el gobierno de Senegal preservase en los foros internacionales una posición altiva e independiente en relación a Francia.

El proceso de descolonización francesa fue una obra de delicada ingeniería política, el modelo que me hubiera gustado ver que seguía Portugal; diferentemente al seguido por la descolonización inglesa, marcada por la violencia. Los franceses consiguieron liberarse de su Imperio dejando una atmósfera de buena voluntad en las antiguas colonias, y preservando con ellas una relación estrecha, en la cual ejercían una predominancia económica pero concedían auxilios de todo tipo y naturaleza, asistencia técnica, cultural, etc. Pasaron a ser los defensores de sus ex colonias, en todas las negociaciones internacionales.

Hasta en el caso de Argelia, palco de los episodios más violentos, la solución final terminó siendo racional y benéfica, gracias principalmente a la inspiración, coraje y determinación de De Gaulle, que arriesgó su propia vida al comenzar a patrocinar la independencia de Argelia, enfrentando la incomprensión de muchos dentro de su propio país, acusado por antiguos seguidores de “traidor” de la patria.

En la África que visité, la situación que gozaba Francia era excelente. En la Costa de Marfil, por ejemplo, había muchos más franceses, era mucho mayor la presencia francesa después de la independencia que antes, según me contó el Presidente Houphouet-Boigny. No sé como es cuanto a los inversores, pero también en términos culturales, educativos y hasta militares, como instructores de las Fuerzas Armadas del país. Era el modelo más inteligente, sin duda alguna, que debería ser seguido por Portugal – y fue en ese sentido que me esforcé a convencer, urgentemente, al gobierno de Marcelo Caetano, porque no había tiempo a perder. Portugal ya estaba solo.

De Léopold Senghor escuché manifestaciones extremadamente importantes sobre el problema. La visión que él tenía sobre la presencia portuguesa en África era la de un hombre sereno y equilibrado, con perspectivas de largo alcance y bases constructivas. Tuve dos charlas largas y profundas con él. En realidad, debería haber tenido apenas una, al visitarlo protocolarmente, ya que mi interlocutor era obviamente el Ministro de Negocios Extranjeros, y no el Presidente de la República. No obstante, en este caso, las charlas con mi colega perdieron su importancia, porque el Presidente Senghor se arrogó a sí mismo las discusiones. Por ende, hasta nuestro primer encuentro en el Palacio de la Presidencia, duró más de cuatro horas. Al despedirme de él, le dije adiós, porque al día siguiente él iría recibir la visita del Rey de Arabia Saudita en viaje oficial, lo que impediría que volviésemos a charlar. Senghor hizo un gesto de desdén con la mano y me dijo: - Oh, le roi. Prefiero continuar nuestra charla. Tenemos cosas muy serias para conversar. Vuelva mañana. Y el Rey de Arabia Saudita, de gran importancia en cualquier caso lo era especialmente para Senegal, donde el contingente musulmán es altísimo, lo que lo convirtió en un jefe espiritual, como tenedor y defensor del santuario de Meca...

Senghor me dijo que la lengua portuguesa debía ser mantenida en África, en las colonias y territorios portugueses, que un día se independizarían, pero no debían perder el idioma portugués, “un idioma civilizador”. – Hablan varios idiomas, continuó, pero el portugués es la lengua franca que no puede ser abandonada. Sería un desastre si Portugal fuese expulsado de África por la fuerza de las armas, lo que podría significar el fin de la cultura portuguesa en el continente. - Para mí, también me dijo, es indispensable mantener la lengua y la cultura portuguesa en África, porque considero que los países latinos son pacificadores por naturaleza. Después de teorizar a ese respecto con mucho brillo, agregó: - Los refugiados que aquí recibo son familias enteras que vienen de Guinea Bissau, muchas veces con numerosos niños en edad escolar. No quiero ponerlas en un colegio de lengua francesa para que no pierdan la lengua portuguesa. Por esa razón, contraté profesores de lengua portuguesa, para que ellos sigan sus estudios primarios, y hasta secundarios en portugués, a fin de que no pierdan el idioma. Insisto en ello.

- El papel de Portugal en África, también me dijo Senghor, fue extraordinario como factor de civilización. Pero hoy, debido al colonialismo portugués y al inmovilismo de Portugal para tratar de encaminar la solución de ese problema, el pabellón de los Lisiadas está en las manos de Brasil. Usó esa imagen poética, que no olvidé y que escuché, emocionado – El pabellón de Lisiadas pasó de las manos de Portugal para las de Brasil. Es con ustedes que contamos, y con el Brasil, con el gran Brasil que nosotros contamos. Ayúdenos a buscar una solución pacífica.

Las conversaciones con Senghor fortalecieron mi convicción sobre la responsabilidad histórica de Brasil en la búsqueda de una solución pacífica, de intermediación, entre Portugal y África.

– Para eso estoy aquí, Presidente.

– Yo sé. Seguí todo su viaje a través de África. También entendí porqué usted me visita en último lugar. Reconozco que se trata de una prueba de alta distinción, ya que usted quiso llegar a mi habiendo conversado con mis colegas africanos. Era correcta su interpretación. Le transmití impresiones, le narré conversaciones, fui interrumpido aquí y allí por observaciones pertinentes y esclarecedoras, además de informaciones importantes.

De esta forma me contó, que había mantenido conversaciones secretas con el General Antônio Espínola, en ese entonces gobernador militar de la Guinea-Portuguesa (Guinea-Bissau) a quien tenía en alta estima. Para él, Senghor, Espínola podría llegar a ser el “De Gaulle portugués”. Usó esta expresión: - “Se amanhã tiver o poder en Portugal, nós vamos nos entender e ele poderá ser o De Gaulle de Portugal”. También me contó, confidencialmente, el Presidente Senghor que, a su vez, los acontecimientos estaban en vías de precipitarse en Guinea-Bissau. Hacía menos de un mes atrás había presentado – después de las discusiones personales y secretas con el General Espínola y con Amílcar Cabral, líder e inspirador del Partido Africano de la Independencia de Guinea y de Cabo Verde (PAIGC) – un plan para la concesión progresiva del autogobierno en aquel territorio, con una paulatina transferencia de poderes por Portugal. Este proceso vendría acompañado por una tregua, tanto en el campo de batalla como verbal en las Naciones Unidas, suavizando los ataques contra el gobierno de Lisboa, al que se le concedería un crédito de confianza. El General Espínola había concordado con ese plan, convencido de que no había otro camino, dada la imposibilidad, a su juicio, de continuar con la guerra en la Guinea Portuguesa. Pero no consiguió obtener la concordancia de su gobierno.. El plan fue rechazado, ultrapasado por los acontecimiento, partiendo por ende Amílcar Cabral para iniciativas más radicales, tales como la proclamación pura y simple del territorio ya liberado, con país independiente, para el cual pidió reconocimiento internacional y su admisión en la ONU.

Amílcar Cabral me envió un telegrama, cuando me encontraba en Dakar, saludándome y manifestando su confianza en que Guinea-Bissau llegaría a tener en el futuro relaciones tan íntimas con Portugal como las que éste mantenía con el Brasil, en el interés de una comunidad espiritual de lengua portuguesa. En realidad, lo que encontré en toda la África que visité fue, por parte de los respectivos gobiernos, comprensión cuanto a la naturaleza de las relaciones especiales entre Brasil y Portugal. No sólo entendían nuestros motivos pero nos presentaban como modelo a ser seguido por los territorios portugueses en África, cuando se independizasen. Hasta diría que la importancia política de Brasil para los países africanos aumentaba en función de nuestras relaciones especiales con Portugal – siempre y cuando, obviamente, esto no se convierta en apoyo al colonialismo portugués.

El caso de Guinea-Bissau fue objeto de una importante discusión que tuve con el Presidente Marcello Caetano, discusión que involucró la participación del Presidente Senghor, para quien, por motivos obvios, aquel territorio ocupaba una posición altamente prioritaria en sus preocupaciones. Al cerrar esta narrativa sobre el viaje a África, pienso que debo resumir las diferentes posiciones que encontré allí, respecto a los territorios coloniales portugueses: los países más beligerantes eran los de lengua inglesa, sobre todo Nigeria y Ghana. No es difícil explicar porqué: el proceso de descolonización, para ellos, había sido violento. Además, no tenían ningún vínculo importante con Portugal, por ser países de formación anglosajona. Por otra parte, los de origen francés se sentían más próximos a Portugal y, sobre todo, habiendo encontrado mayor comprensión por parte de Francia en el proceso descolonizador, aspiraban y esperaban lo mismo para los territorios portugueses.

Estas son las diferencias. Veamos ahora los puntos en común. Con obvias diversidades de matices, resumidamente, eran los siguientes:

– no se toleraría el mantenimiento demasiado prolongado del status quo;

– deseábamos una solución pacífica y negociada del problema;

– en la ausencia de apertura negociada por parte de Portugal, se imponía una acción armada colectiva, que reconocían, sin embargo sería sumamente difícil de alcanzar, sobre todo en Angola y Mozambique;

– una vez alcanzada la independencia, era sumamente deseable continuar los estrechos lazos entre las ex colonias y Portugal, tal como ocurría entre Francia y sus ex colonias, y en mayor grado, mediante la formación de una comunidad afrolusitana.

En ninguno de los dos países visitados encontré oposición a estos puntos, o sea, la línea preconizada por Brasil. En todos ellos recibí la expresión de que esperaban que Brasil continuase sus esfuerzos, llamándolos de mediadores.

Cuanto a los resultados del viaje, diré que se hicieron sentir aún antes de mi partida: el despertar de la conciencia brasileña para los problemas africanos y, complementariamente, el descubrimiento por las elites africanas de la realidad brasileña y de la posibilidad de que Brasil se convirtiese en un aliado útil y una alternativa valedera, en los esquemas de política externa de los países africanos.

No hesito en afirmar que el simple hecho de haber realizado el viaje despertó ambas márgenes del Atlántico para la necesidad de mirarse mutuamente desde una perspectiva de vecindad. No como partes separadas por un océano, pero unidas por él: nuestros vecinos del Este.

El impacto de la visita para la formación de una imagen de Brasil en el espíritu africano fue considerable. Durante un mes entero, la prensa, radio y la televisión de los países visitados abrieron un amplio espacio no sólo para los actos relativos a la visita propiamente dicha, sino también para la realidad brasileña, mediante películas que hacíamos proyectar en las televisiones locales, además de un programa audiovisual y entrevistas colectivas a la prensa, que di personalmente, con absoluta libertad de preguntas y respuestas, en todos y cada uno de los países visitados.

No considero mi viaje a África un acto acabado, sino más bien una abertura inicial en la política externa de Brasil, que no podía – ni puede – ignorar tan vasta e importante área bajo el incomprensible y equivocado concepto de que nuestra preferencia debe ser por el llamado Primer Mundo. Para mí, simplemente, no existen preferencias excluyentes y sí, como mucho, prioridades en el tiempo, sin perjuicio de una política externa global, como debe ser la de Brasil.

Durante el resto de mi gestión en el Itamaraty, intercambiamos varias misiones con África, abrimos líneas de comunicación marítima y aérea, celebramos entendimientos de naturaleza económica y comercial, en el plano bilateral y en los foros internacionales. Al apagar las luces de mi mando en esta Cartera, dejé constituidos en Salvador, el Museo Afrobrasileño y el Programa de Cooperación Cultural con África. Para ello, el 4 de marzo de 1974 firmé en el Itamaraty junto con el Ministro de Educación y Cultura, Jarbas Passarinho, el Gobernador de Bahia, Antônio Carlos Magalhães, el Alcalde de Salvador, Cleriston Andrade, y el Magnífico Rector de la Universidad Federal de Bahia, Lafayete de Azevedo Pondé, un convenio en este sentido.

El Museo sería dividido en dos itinerarios dinámicamente complementarios: uno dedicado a las culturas africanas en sí, con especial atención a la de mayor influencia en el Brasil, como es el caso de los iorubas, los jejes, fons, minas, hauçás, malinhês etc; el otro itinerario volcado para mostrar el impacto ejercido por África en la vida y cultura de Brasil, a través de la contribución histórica del negro en los grandes círculos de nuestra economía y en la formación de nuestra nacionalidad, folklore, música, danzas, artes plásticas, culinaria y literatura. Contábamos, para crear este Museo, con la colaboración de la UNESCO.

Cuanto al Programa de Cooperación Cultural con África, tenía el propósito de planificar las becas de formación y especialización otorgadas a africanos, estableciendo centros de acogida para los estudiantes e intelectuales africanos, y estimulando el dictado de cursos sobre temas afrobrasileños, editándose diversos libros y publicaciones. En realidad, el Programa era un Centro de Estudios Afrobrasileños, que disponía de un magnífico edificio propio que nos fue donado para ese fin: la antigua Facultad de Medicina, en el Terreiro de Jesus, en Salvador. Contaba con los recursos apropiados, consignados ya en el presupuesto del Ministerio de Educación. El cuerpo docente sería escogido por el Itamaraty, que sería responsable por la supervisión y administración general del proyecto.

Diez días después de la firma de este Convenio, terminé mi gestión en el Itamaraty. Nunca tuve noticias sobre el fin que tuvo este plan, de hecho una realidad concreta. Pena. Era la mano extendida. Era a mão à espera da luva.

En estos instantes en que escribo, a comienzo del año 2002, me corresponde reconocer que nuestra política en relación a África no prosperó, para constituir una de las principales bases de nuestra presencia en el mundo, tal como idealicé cuando me cupo concebir y ejecutar nuestra apertura para aquel Continente. La verdad es que África fue alejada de nuestras iniciativas de política externa, fue marginada en nuestra actividad diplomática. Hasta se llegó a proclamar que la opción de Brasil a favor de la aproximación con África, en 1972, había sido una decisión equivocada, que lo cierto hubiese sido en lugar de África, escoger el Sudeste asiático, donde eran más promisorias las perspectivas de una relación económica remuneradora.

Esta afirmativa contenía un grave equívoco, en todos los sentidos, a saber: 1. en 1972 el sudeste de Asia era un área trágicamente azotada por uno de los conflictos más desastrosos, crueles y violentos de la historia moderna: la guerra de Vietnam; 2. no hubo opción, lo que quiere decir selección entre una cosa y otra. La apertura para África no significaba excluir de nuestra esfera de acción diplomática cualquier otra región del mundo; 3. ¿cómo comparar el factor africano con el asiático en nuestra formación nacional? Parece innecesario explicar lo obvio; 4. de cualquier modo nuestra aproximación con África no dependía – como no depende – de factores puramente mercantiles, de Ganancias y pérdidas, en un balance exclusivamente comercial.

La verdad es que, por la manera de ser del brasileño, por nuestra cultura, influenciada en gran parte por las diversas culturas africanas; por las similitudes geográficas y climáticas que muchas veces nos hacen pensar que estamos en Brasil, cuando nos vemos frente a paisajes de la África Sub-Sahara; por los cultos religiosos africanos, que se mezclan y entremezclan con el cristianismo traído e implantado por el descubridor portugués, formando en muchas partes del país un sincretismo desconocido en otras regiones del mundo; por la comida, por las especies, por las costumbres que heredamos de los africanos, incluso los ritmos musicales – por todo eso, en fin, África se constituye en un factor de capital importancia en nuestra formación.

Como ningún otro país, contamos con una aceptación espontánea y única en el Continente africano. Hoy, cuando África está relegada a un plano secundario en los juegos de poder de los países ricos, no debemos seguir la misma línea de procedimiento sino, muy por el contrario, fortalecer los lazos de unión con nuestros “vecinos orientales”, con los cuales compartimos muchos de los males de un subdesarrollo que, en gran parte, nos es impuesto por un despiadado mecanismo financiero-comercial que, más tarde o más temprano, tendrá que ajustar cuentas con una gran masa geográfica y poblacional que habita el planeta.

¿Por qué no retomamos nuestra aproximación con África, iniciada tan auspiciosamente en 1972? ¿Por qué despreciar, aún cuando aceptemos ser apenas materialistas e utilitarios, ese enorme capital a nuestra disposición? ¿Por qué ignoramos una fuente de nuestra formación tan importante? Si el momento es de “globalización”, ¿cómo excluiremos todo un continente que, al fin y al cabo, es la cuna de la civilización occidental?

África tiene que ser un importante vector de la política externa brasileña.




J. M. Rugendas, Esclavos en una hacienda


Presidente Nkruma, de Gana




Visita oficial a Kenia, Mario Gibson Barboza con Jomo Kenyata




Gibson Barboza (2◦ de la der.) teniendo a su izq. al Rey de Abomei, Benin




Durante la visita al Senegal, el Canciller brasileño es condecorado por el Presidente
Leopold Senghor




Firma de acuerdos en la Costa de Marfil